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Muchas Gracias, Béisbol

Nov 13 2017
Photo by
Rob Tringali/The Players' Tribune
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Carlos Beltrán
Houston Astros
Nov 13 2017

U no de los mejores consejos que jamás he recibido en mi vida no vino de parte de un pelotero.  Aunque no lo crean, fue un golfista.   

Fue Chi Chi Rodríguez.

He tenido muchas conversaciones con Chi Chi.  El es una leyenda en Puerto Rico y es un hombre muy sabio.  Recuerdo en el 1999 — cuando me seleccionaron Novato del Año — el se me acercó.

“Carlos,” dijo, “¿que quieres lograr en la vida?”

Yo dije, “Quiero ser exitoso, Chi Chi… exitoso en el juego de béisbol.”

El me dijo, “Oh, eso es súper sencillo.”

Me sentí confundido. ¿Sencillo? ¿Era un chiste?

Entonces le dije, “Si es tan sencillo, ¿por qué no ves más peloteros exitosos? ¿Por qué puedes contar a los mejores en la liga con dos manos?

Me puso la mano en el hombro.

“Para ser exitoso en la vida, Carlos, tienes que rodearte de gente exitosa.  No puedes tener miedo de hacerle preguntas a las personas que admiras.”

Ese consejo cambió todo para mí.  El deporte que jugamos conlleva una temporada larga.  Tenemos viajes largos con mucho tiempo muerto.  Entonces, como peloteros, en ocasiones, podemos ser bastante relajados, incluso tímidos  e introvertidos.

Luego de esa conversación con Chi Chi, decidí que ya no sería introvertido.

El mejor ejemplo de eso es del fin de semana del Juego de Estrellas en el 2007.  Yo estaba parado en el “clubhouse” en AT&T Park en San Francisco cuando vi a Barry Bonds en una esquina sentado en su “locker”.  Ahora bien, la mayoría de los jugadores tienen un sólo “locker”.  Algunos tienen dos.  ¿Pero Barry? El tenía como cinco “lockers”…y un televisor… y un reclinable — como una silla de masajes.  Él era el dueño de una esquina entera del “clubhouse”.  Creo que muchos jugadores se sentían intimidados por él, simplemente porque era Barry Bonds.  Él era el mejor pelotero en el mundo y tenía como una…presencia.  Pero cuando él estaba sentado en su esquina del “clubhouse”, uno básicamente sentía que él era inaccesible.  Jamás había estado tan equivocado. 

Kevork Djansezian/AP Images

Luego, recordé aquel consejo de Chi Chi.

Así que caminé hasta la esquina de Barry, me acerqué y le toqué la espalda.

Se volteó y dijo, “Hey, Carlos. ¿Cómo estás?”

Me sentí como un niño.  Para mí era un honor el que él tan siquiera supiera mi nombre.

Entonces le dije, “Barry, cuando será un buen momento para que hablemos sobre bateo?

Él se detuvo un momento a pensar, luego se paró y dijo, “Ok, vamos.”

Se paró y me llevó afuera del “clubhouse” hasta las cajas de bateo. 

Así que ahí estaba yo, sólo con el mejor pelotero en el mundo y él estaba, básicamente, dándome una lección privada de bateo. 

Simplemente porque se lo pregunté.

Durante mi carrera traté de obtener el mayor conocimiento posible de cada oportunidad que tuve.  Miraba los jugadores de la liga a quienes le tenía la mayor admiración — tipos como Bernie Williams, Alex Rodríguez, Jeff Bagwell, Craig Biggio, Carlos Delgado, Iván Rodríguez, Derek Jeter, entre otros — y seguía aquel consejo de Chi Chi.  Le preguntaba a esos peloteros, “¿Hey, que tienes para mí? ¿Qué puedo hacer para ser mejor pelotero?

Recuerdo cuando estuve con los Yankees, vi mucho a Reggie Jackson.  Era ya más tarde en mi carrera, así que un día le pregunté, “¿Reggie, según te hiciste mayor, qué tipo de ajustes hiciste que te permitieron jugar más tiempo? Hablamos, me dio algunos consejos, después lo vi el año siguiente en el “Spring Training” y le grité, “¡Hey Reggie…gracias!”

Me miró como diciendo, “¿Por qué me agradeces?”

Yo he recibido muchas de esas mismas miradas durante mi carrera.  Me encontraba constantemente agradeciéndole a la gente porque hubo tantos peloteros que nos abrieron las puertas como Orlando Cepeda, Rickey Henderson, Eddie Murray, Ozzie Smith…son tantas personas a las que les agradezco. 

Y con el pasar de los años, me convertí en el pelotero que los muchachos jóvenes buscaban para pedir consejos y, comencé a entender algo… Mi propósito en este juego no es sólo batear jonrones o ganar campeonatos, es compartir mi conocimiento con los muchachos jóvenes, al igual que tantos otros peloteros lo hicieron conmigo. 

Mi propósito es devolverle algo al juego de béisbol.


Cuando me criaba, mi papá jugaba béisbol amateur en Puerto Rico.  Mis tíos y mi hermano mayor también jugaban así que, al igual que en la sangre de tantos puertorriqueños, el béisbol corre en mi familia.

GDA/AP Images

Pero siempre tuve un amor por el deporte de volibol.  En las tardes, iba directo de los juegos de béisbol en las tardes a los de volibol en las noches.  Cuando estaba en la escuela superior, mi amor por el volibol creció.  Eso no quiere decir que no tenía amor por el béisbol.  El volibol era…diferente.  Y yo era muy bueno jugándolo. 

Entonces un día mi papá me sentó y me dijo, “Carlos, quiero preguntarte algo.  ¿Cuántos jugadores de volibol puertorriqueños están jugando en los Estados Unidos?

No pude pensar ni en uno sólo.

“Ok,” dijo.  “Ahora, ¿cuantos peloteros ves representando a Puerto Rico en las Grandes Ligas?”

Había muchos.

Mi papá nunca me presionó.  Él sólo me dijo que pensaba que tenía excelente potencial para convertirme en pelotero profesional en Estados Unidos y me dejó tomar mi propia decisión. 

Ahora bien, yo sé que si me hubiera convertido en jugador profesional de volibol, mi familia me hubiera apoyado un 100%.  Pero no lo hice.  Fui seleccionado por los Reales de Kansas City en el segundo “round” y vine a los Estados Unidos.  Un par de años más tarde, mi papá, mi mamá y mi hermano estaban en Wichita, Kansas, viéndome jugar en los “playoffs” con los Wranglers de Wichita en la Liga Doble A. 

Nos eliminamos esa noche y, luego del juego, yo estaba recogiendo mi “locker” para regresar a Puerto Rico con mi familia, cuando mi “manager”, John Mizerock entró al “clubhouse” y dijo, “Carlos, no te vayas.  Necesito hablar contigo.  Sólo estoy esperando una llamada.”

Para ese momento, ya sabes, es tarde en la noche.  Estoy algo cansado.  No quiero esperar.  Mi familia me esperaba en el estacionamiento y yo pensaba, he tenido un buen año — crecí mucho como pelotero y era momento de regresar a Puerto Rico a jugar béisbol invernal y a seguir trabajando duro para mejorar, regresar al año siguiente y tener otra oportunidad.  Así que realmente, sólo quería irme a casa esa noche.

El teléfono suena.  John contesta, habla tal vez por un segundo y luego me llama a su oficina. 

“Felicidades, Carlos.  Vas para las Grandes Ligas.”

Yo dije,  “¿Qué? ¿Yo? ¡ Voy para las Grandes Ligas!

Fue tan inesperado ya que yo no había ni siquiera jugado en Triple A, desde donde usualmente suben a los peloteros.  Fue una sorpresa — un grata sorpresa.  Fui al estacionamiento y le conté a mi familia y comenzamos a brincar todos juntos de arriba a abajo.

Entonces nos montamos en nuestros carros y manejamos desde Wichita hasta Kansas City.

Pensándolo bien, estoy muy feliz de que mi familia estuviera ahí conmigo para compartir ese momento. 

Chuck Solomon/SI/Getty Images

Recuerdo cuando llegue a Kansas City por primera vez.  El dirigente era Tony Muser y me dijo, “No sé cuántas oportunidades tendrás, Carlos, pero quiero felicitarte.  Bienvenido a las Grandes Ligas.”

Yo le dije, “Sabes, no me importa en realidad cuántas oportunidades tenga.  Sólo quiero que sepas que en el momento en el que me necesites, yo voy a estar listo para ti.”

Bueno pues, esa noche en la séptima entrada, Tony gritó hacia el “dugout”, ¡Carlos! Vas para el “centerfield.”

Johnny Damon estaba jugando en el “centerfield” y lo movieron para el jardín izquierdo para ponerme a mi en el centro.  Recuerdo que pensé que Johnny había sido el “centerfield” de los Reales durante los últimos dos años.  El que me pusieran a mí — un muchacho joven que acababa de subir de Doble A — en su lugar, eso significaba algo.  No tuvieron que decirme nada.  Yo sentía en mi corazón que ellos me estaban enviando un mensaje de que creían que yo podía jugar “centerfield” para este equipo. 

Así que terminé la temporada — quizás unos 14 juegos en total — y regresé a Puerto Rico.  Trabajé sumamente fuerte durante ese “off-season” para hacerme mejor.  Me hice más fuerte.  Me hice más rápido.  Cuando regresé al “Spring Training”, estaba listo para competir. 

Cuando comenzó la temporada, el equipo anunció que moverían a Johnny Damon al “left field” y que yo sería el “centerfielder”.  Ese fue el comienzo de mi carrera en las Grandes Ligas. 

Así que gracias, Papi.  Gracias por decirme que creías en mi habilidad de ser un gran pelotero profesional y gracias por permitirme tomar mis propias decisiones. 

Creo que ustedes estarán de acuerdo conmigo, tomé la decisión correcta.


Recuerdo cuando me cambiaron la primera vez de Kansas City a Houston en el 2004.  Cuando recibí la noticia, estaba emocionado con la oportunidad de jugar con un equipo contendor. Pero, a la misma vez, estaba triste porque dejaba atrás una excelente organización y excelentes compañeros.  Uno de mis sueños era poder jugar para una misma organización durante toda mi carrera.  Siempre admiraba a George Brett, quien jugó con los Reales durante todas su carrera y reconocía lo especial que fue eso.  Yo quería eso también.

Ahora, 20 años después, he jugado con ocho grandiosas organizaciones y, no cambiaría esas experiencias por nada en el mundo. Esto me ha permitido jugar con grandes peloteros, compartir mi conocimiento y aprender de ellos.  Me ha permitido formar grandes amistades y a tener una perspectiva más amplia sobre cada aspecto del juego de béisbol. 

Pero ganar siempre  ha sido una de mis metas principales. 

Recuerdo particularmente cuando los Mets expresaron su deseo de cambiarme a los Gigantes en el 2011.  Los Gigantes estaban en la contienda de los “playoffs” en ese momento y, cuando llegó el momento de aceptar el cambio o ejercer mi cláusula de no cambio, fue una decisión difícil.  Acababa de comprar mi primera casa en Nueva York.  Tenía a mi hija Ivana de tres años y mi esposa, Jessica, tenía ocho meses de embarazo de nuestra segunda hija, Kiara.  Nueva York se había convertido — y todavía es — mi hogar.  Así que para mí, la decisión era difícil. 

Pero antes de ingeniármelas para decirle a Jessica como me sentía, recuerdo que ella había comenzado a empacar una maleta. 

Ella me dijo, “Los Gigantes están ganando y, si ellos te quieren y te necesitan, necesitamos intentar coger un vuelo hoy.”

Usualmente, tenemos un periodo de tres días después de que el cambio se aprueba para mudarnos a la nueva ciudad.  Pero ahí estaba mi esposa, la persona más fuerte que conozco, dispuesta a mudarse al otro lado del país de inmediato para apoyarme y para apoyar mi deseo de ganar porque ella sabía que eso era lo que siempre había querido experimentar. 

Patrick Gorski/Icon Sportswire/AP Images

Esa es una de las razones por las cuales esta pasada temporada, cuando llegó la oportunidad de regresar a Houston y de jugar con un equipo como los Astros, no podía dejarla pasar.  Estaba entrando en mi temporada profesional número 20 y, aún no había experimentado el ganar una Serie Mundial.  Había estado tan cerca en el 2013 cuando estuve en St. Louis y no pudimos terminar el trabajo.  Tampoco en el 2006 con los Mets, ni en el 2004 con los Astros.

Así que, al regresar a Houston, tenía una sensación de que podía ayudar a la organización a terminar lo que comenzamos en el 2004. 

Esta última temporada…tengo que decirles, fue maravillosa.  Al llegar supe que este equipo era especial y que tenía una oportunidad de ganar la Serie Mundial,  Yo no sabía cual sería mi rol.  Sólo recuerdo que le dije a A.J. Hinch que pusiera mi “locker” junto al de los muchachos jóvenes porque quería ayudarlos de la manera que me fuera posible — simplemente estar ahí para ellos. 

Al principio de este año pasé mucho tiempo pensando como podía ayudar a estos muchachos a relajarse antes de cada juego.  Jugamos tantos juegos que, luego de un tiempo, los peloteros tienden a ponerse muy casuales.  Aún luego de ganar un juego, dices “Buen juego”, te das un baño y te vas a casa. 

Pero me dije a mi mismo, No…este año tenemos que celebrarlo todo. 

Quizás fue porque sabía que, probablemente, este sería mi último año — o porque, mirando este equipo, sabía que ganaríamos mucho y no quería que los muchachos tomaran eso de manera casual.  Así que quise crear un ambiente dentro del “clubhouse” de apoyo constante y de motivación.  Luego de cada juego que ganamos, nos sentamos como equipo y disfrutábamos cada victoria, juntos.

Así que incorporé las correas de campeonato.  Ya saben, como las de la lucha libre. 

Teníamos dos correas que entregábamos después de cada juego: una para el mejor jugador de posición y otra para el mejor lanzador del juego.  Votábamos, como equipo, después de cada juego para decidir quién recibiría las correas y, los jugadores que recibían las correas luego de nuestra última victoria, tenían que darle un mensaje de motivación al equipo.   

Entregar las correas era divertido y, definitivamente, nos unió.  Entrábamos al “clubhouse”, apagábamos todas las luces y usábamos luces de fiestas y una máquina de humo, subíamos la música y, simplemente, celebrábamos. 

Creo que fue algo que, verdaderamente, nos unió como equipo pero también hizo que ganar fuera algo divertido — justo como debe ser. 

Y ganamos 101 juegos así que, básicamente, estábamos celebrando todos los días. 

Como equipo, éramos bastante relajados.  Teníamos muchos peloteros increíbles, pero también muchas personalidades increíbles.   

Recuerdo un día a mitad de temporada, llegué al “clubhouse” en Minute Maid Park y todos los muchachos tenían puestas camisas negras, me miraban y como que se reían.  Entonces vi a Brian McCann poniéndose una bata negra, como un sacerdote. 

Yo pensaba, ¿Qué está pasando aquí?  Esto se ve serio…

Luego vi un letrero que decía, FUNERAL PARA EL GUANTE DE CARLOS BELTRAN A LAS 3:15 EN “CENTERFIELD”.

Ellos iban a enterrar mi guante porque no estaba ya casi jugando en el “outfield”.  Yo estaba de bateador designado la mayor parte del tiempo.

Así que todos salimos al “centerfield” antes de la práctica de bateo y, McCann y Josh Reddick trajeron mi guante en una ataúd pequeñito, lo pusieron en el piso frente a unas pequeñas lápidas con mi nombre. 

Bob Levy/Getty Images

Imagínense, esto es durante el mes de julio, aproximadamente, cuando la temporada ya nos comienza a parecer muy larga — cuando es fácil olvidarnos de que este juego es nuestro sustento — y estos muchachos seguían divirtiéndose. 

Fue muy gracioso ya que dos o tres días después, A.J me puso en el “left field” y le dijo a los muchachos, “Debieron haberme dicho que enterrarían el guante de Carlos porque necesito ponerlo en el “leftfield” y ahora no sé que hacer”.

Ellos no enterraron  mi guante de verdad…fue sólo una broma.  Pero ese es el punto, siempre había algo con este equipo — algo para mantenerlos relajados y siendo ellos mismos, jugando el juego y disfrutándolo. 

Creo que, al final de todo, por eso mismo ganamos. 


Luego de que perdimos el juego número 5 de la Serie de Campeonato de la Liga Americana contra los Yankees, sentí que los muchachos estaban algo tensos.  Cité una reunión de equipo y hablé con los muchachos de una manera muy casual.  Quería que se relajaran y, supongo que ayudó, porque ganamos el juego número 7 y avanzamos a la Serie Mundial. 

Antes del juego número 7 de la Serie Mundial contra los Dodgers, en mi mente, haría lo mismo de la vez pasada.  Hablaría con los muchachos de manera muy casual para asegurarme de que estuvieran listos. 

Pero, cuando llegué al “clubhouse” no había tensión.  Podía ver que todo el mundo estaba relajado.  Todos estaban haciendo sus rutinas normales, así que no vi la necesidad de citar una reunión ni ofrecer un discurso.  Todos estaban listos para jugar y yo estaba 100% confiado en que íbamos a ganar. 

San Gabriel Valley Tribune/ZUMA Wire

Siempre soñé con ganar un campeonato y perseguí cada oportunidad de hacerlo que se me presentó durante mi carrera.  Pero, nunca sentí que necesitaba ganar una Serie Mundial para que mi carrera estuviera completa.  Como dije antes, desde muy temprano en mi carrera, supe que mi propósito en ese juego era compartir mi conocimiento con todos mis compañeros y devolverle al juego del béisbol.  Siempre quise hacer eso — y ser el mejor compañero de equipo que pudiera ser.  En estos más de 20 años, siento que lo he logrado.  Así que, independientemente de si ganábamos o perdíamos el juego 7, hubiera estado feliz con mi carrera. 

Pero, se siente bien ganar una sortija…

Y ahora, si tengo que dejarles con algo — les dejo con lo que entiendo que representa mi carrera y la manera en que me siento sobre cada persona que ha sido parte de ella — les dejo con una historia sobre algo que me pasó justo después de que ganamos la Serie Mundial.

Estábamos en el “clubhouse”, celebrando como equipo cuando, todos los muchachos jóvenes — Springer, Marwin, Correa, Altuve — se me acercaban y me decían, “¡Gracias, Carlos! … ¡Gracias! ¡Gracias! … ¡Gracias por todo!  

Los detuve y les dije, “No, no, mis amigos.  No… Gracias a ustedes.”

Esta es y será mi respuesta siempre que alguien se me acerque a agradecerme por lo que he hecho en este deporte porque yo soy quien está eternamente agradecido. 

Soy bendecido por haber podido jugar este juego por 20 años.

Soy bendecido por haber podido jugar para tantas maravillosas organizaciones.

Soy bendecido por poder compartir todas mis experiencias con mis esposa y mis tres hijos, mi familia y mis amigos; por tener una gran fanaticada, por haber podido construir una escuela en Puerto Rico y cambiar la vida de tantos jóvenes, por haber ganado el Premio Roberto Clemente, que es el honor más grande que pude haber recibido como pelotero. 

Y soy bendecido por ser un campeón. 

Pero ahora, mi tiempo como jugador ha llegado a su final. 

Hoy, oficialmente, anuncio mi retiro.

Muchas gracias, béisbol.

No puedo esperar a ver que traerá el próximo capítulo.

Carlos Beltrán
Houston Astros