Esta Parte de Mi Vida se Llama Pasión

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Había una vez un chico. Un chico que amaba a la pelota más que a cualquier cosa. Jugaba a la mañana, a la tarde, a la noche. 

Su pasión por el fútbol empezó en San Lorenzo, una ciudad chiquita cerca de Rosario, hace poco más de 30 años, y desde entonces nunca más se apagó. 

Era un chico que recién se estaba largando a hablar. Y a esa pelota él la llamaba popó

Al poco tiempo, de tanto repetirlo, ese sobrenombre le terminó quedando a él: Popó. 

Popó era yo. Soy yo.

Todavía hay gente de aquella época que me llama así.

Y la verdad es que era un enfermo del fútbol. Mi primer Mundial en la memoria es Italia 90. Aunque no lo llegué a ver en su esplendor como los que eran más grandes que yo, Diego siempre fue una inspiración para todos, crecimos con él.  

Y por tele, miraba todo. Tenía cinco años y me levantaba los domingos a la mañana a ver fútbol italiano, por Canal 9. Recuerdo decirles a mis amigos, ya con ocho años, “hoy hay Champions”. Y me decían: “¿Qué es la Champions?” Y yo les explicaba: “La Champions es la Copa Libertadores de Europa”.

Jugábamos en el barrio, en unos terrenos baldíos donde armábamos los arcos con ladrillos, o en una cancha más oficial, que sí tenía arcos… El fin de semana, a la hora de la siesta, nos escapábamos a las canchas de la escuela para seguir jugando. 

Mi familia era muy futbolera. Mi papá llegó a jugar en la Primera B Metropolitana y después, decidió irse a jugar al campo, que era más rentable que una tercera división. Mi hermano también lo intentó en las divisiones inferiores de Rosario Central. 

De a poco empecé a pasar por algunos clubes: Cerámica, Independiente de Ricardone, Barrio Vila… A los 11 años, sabía que ese sueño quería transformarlo en una realidad. Después, la vida te va abriendo las puertas y vos vas tomando decisiones. 

Mascherano Argentina
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La mía fue en segundo año del secundario. Había quedado en una prueba de Renato Cesarini. Me había gustado mucho, el trato, el lugar, el clima que había. Pero era lejos. 

Iba al colegio a la mañana, apenas salía le daba las carpetas a un amigo y me tomaba un colectivo de una hora y 45 minutos de viaje. De ahí me bajaba para tomarme otro colectivo de 45 minutos. Eran dos horas y media de ida, dos horas y media de vuelta, tres veces a la semana. Me iba a las seis y media de mi casa y volvía a las nueve y media de la noche. Tenía 14 años. Empezamos tres y después los otros fueron dejando. Estudiar en el colectivo era difícil, volver tan tarde solo, también.

Al año siguiente me fui a la pensión de Renato, en Rosario. En mi familia siempre confiaron en mi responsabilidad, por la pasión que tenía. La zanahoria, mi gran objetivo, era ser jugador profesional. Recién cuando llegué a Buenos Aires por primera vez, un mundo completamente nuevo, entendí que esa zanahoria estaba un poquito más cerca.  

La verdad es que era un enfermo del fútbol.

Javier Mascherano

Pero tampoco fue fácil, eh. Fuimos a una prueba en River, y me quisieron fichar al segundo día. Pero cuando lo llamaron a Jorge Solari, el dueño de Renato, les dijo que no, que sólo me había mandado para que me vieran. Teniendo el Monumental enfrente de tus ojos te explican que lo mejor era no saltear etapas, continuar el proceso de aprendizaje y volver. Me costó entenderlo. Pensé en dejar todo, pero volví.

Cuando al poco tiempo Solari me dijo que Tocalli me quería convocar a la Selección Sub 15, yo pensé que era para mantenerme viva la llama por lo que había pasado en River. Pero no. Llegué a la Sub-15 en 1999 y fiché en River recién en enero del 2000. Al igual que después pasó en la Selección Mayor, en juveniles me pasó lo mismo. 

En menos de un año jugué el Sudamericano Sub 17 y de estar en la Séptima de River me ofrecieron un contrato profesional que me obligaba a pasar sólo a Reserva o a Primera. Al poco tiempo Bielsa me llamó para ser sparring, viajamos a Europa para un par de partidos y terminé de sparring en el Mundial de Corea-Japón. 

Rápido, ¿no?

Mascherano Argentina
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Pero para jugar en River las cosas no fueron tan rápidas. Al volver de Corea-Japón, Manuel Pellegrini, que era el nuevo técnico, decidió que no entrenara más con la Primera y me bajó a Reserva. Fue un golpe duro. Y encima, me fracturé el tobillo. En 2003 tenía el Sudamericano Sub-20 y después venía el Mundial Sub 20. Todo eso fue un impulso para seguir esforzándome y no bajar los brazos. 

A mí me gusta decir que me tomo las cosas con bastante naturalidad. Siempre traté de no tener estos picos, ni muy hacia arriba ni hacia abajo, sino de vivir todo como si fuera normal. 

Pero muchas veces, lo que te parece normal en realidad no lo es tanto.

Mi debut con la camiseta argentina, por ejemplo. 

Después de estar tanto tiempo con Bielsa, y ya haber estado en una gira por Centroamérica, me llegó la convocatoria para el partido contra Uruguay, en la inauguración del Estadio Único de La Plata, en mayo de 2003. 

Siempre, desde chiquito, jugué al fútbol porque me apasionaba el juego, porque el fútbol es el juego de todos.

Javier Mascherano

Terminó el partido, volvimos al predio, me subí a mi auto, manejé hasta mi casa en Belgrano y me fui a dormir. 

Listo. 

No hubo fiesta ni nada. Estaba contento de poder debutar en mi país, con esa camiseta, pero sin exagerar. Al día siguiente tenía entrenamiento en River, donde seguía sin debutar. Sabía que si eso no cambiaba, lo de la Selección iba a terminar en una anécdota. 

Finalmente cumplí el sueño contra Nueva Chicago, en un partido que sí fue especial porque vino mi familia. Ahí empecé a tener continuidad y ya con Leo Astrada, que me había aconsejado cada día desde 2001, tomé el envión. 

Vino todo junto. Ser el cinco de River, jugar Copa Libertadores, ser el cinco de la Selección Mayor titular, jugar Copa América, jugar los Juegos Olímpicos. Te va pasando todo tan rápido que, inclusive, te cuesta tomar dimensión de todo lo que estás viviendo. Quizás hoy, mirando hacia atrás, decís “mierda, 20 años, son los chicos que hoy entreno yo y a mí me pasaba todo eso”. Y no me daba cuenta.

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Hay algunos momentos en los que la Selección también fue mi sostén anímico. Cuando me fui al exterior, en Corinthians, empecé a tener un dolor insoportable en el pie. En el club me llamaban manco, que quiere decir rengo, porque para ellos, yo era rengo. Recién cuando me desgarré, de tanto pisar mal, les dije a los médicos lo que me pasaba. En la resonancia salió que tenía una fractura por estrés. Pero no solo eso, había estado jugando con una necrosis. 

El hueso se estaba muriendo. 

No muchos lo saben, pero estuve cerca de dejar el fútbol. 

Si no me operaba en ese momento, e inclusive operándome, había muchas posibilidades que no pudiera jugar más, porque iba a necesitar una prótesis o una placa en un lugar del pie que te saca la movilidad. Así que fue bastante complicado, mucho más serio de lo que creía. Lo único que veía es que se me acercaba la fecha del Mundial de Alemania, que era mi gran objetivo, y no me recuperaba. Por suerte lo logré, el Corinthians ganó la liga brasileña, yo jugué mi primer Mundial, pero, la verdad es que no fueron meses fáciles. Estuve cerquita, cerquita de dejar.

En la siguiente etapa, en el West Ham, me encontré con una piedra en el camino que nunca me había encontrado. Para mí, hasta entonces todo había sido en una curva ascendente. Pero ahí me acostumbré a no jugar. Carlitos Tevez lo pudo revertir y terminó siendo casi el salvador del equipo. Yo, en cambio, tuve que ver de qué estaba hecho. Fue mi mayor aprendizaje en el fútbol.

El entrenador, Alan Pardew, tenía la metodología de decir los convocados ya en el vestuario. O sea, nos presentábamos los 30 del plantel, vestidos de traje, y él señalaba a los 11 que jugaban, los que iban al banco, y el resto, a la tribuna. Así era siempre conmigo. Me vestía, llegaba, no me elegía, a casa. Eso me cambió totalmente el plano, la autoestima, todo lo que te puedas imaginar.

Y ahí aparecen dos opciones. 

O te llenás de excusas echándole la culpa al entrenador, que no te pone, y te dejás estar. 

O seguís entrenando y decís “si no me pone será problema de él, yo hago mi trabajo y lo que tengo que hacer”. 

Decidí tomar este último camino, y al final creo que fue algo que después me acompañó toda mi carrera. 

El rasgo más admirable de Leo Messi es la naturalidad que tiene y que demuestra cada día.

Javier Mascherano

La Selección, de nuevo, fue mi gran respaldo. Hasta que por suerte llegó el Liverpool, que tenía el mejor mediocampo de la Premier, con Xabi Alonso, Momo Sissoko y Steven Gerrard, los tres en mi posición. Rafa Benítez, que me conocía de su época en Valencia, se me apareció una noche en mi departamento, para decirme que me necesitaba. ¿Qué? ¿A mí, al que ni jugaba en el West Ham?

Pero Rafa agarró unas piedras que tenía en la mesita ratona y empezó a explicarme qué es lo que pretendía de mí. Al final tuvo la capacidad de convencerme, por eso siempre digo que me sacó del pozo.

A los cuatro meses, estaba jugando la final de la Champions League de titular.

Me acuerdo de hablar con compañeros en la Selección que me decían: “¡Vas a jugar la final de Champions!”. Y yo como ni enterado. 

Quizás uno cuando le llega todo tan rápido se piensa que es lo normal y que va a seguir pasando. Cuando advertís la dificultad, lo valorás más. En 2011, cuando me tocó jugar de nuevo la final, ya con el Barcelona, la viví de otra manera. Realmente la viví. 

Había llegado al mejor equipo del mundo, otro reto sabiendo que iba a tener que cambiar mi mentalidad, adaptarme, aprender de Guardiola. Más allá de lo académico, Pep tiene una pasión, y un convencimiento para transmitir esa pasión, que se le ve en los ojos. Y así es más fácil. 

Fueron años muy lindos. Llegó mi segundo Mundial, el de 2010, en el que Diego dijo eso de Mascherano+10. Justo a mí, que me gusta la exposición, ja. La verdad es que nunca me lo tomé en serio, tiene que ver con una de esas frases características de Diego. Vos podés decir ese tipo de frases en jugadores que te hacen ganar un partido. Yo nunca, yo siempre ayudaba para el bien colectivo, o para el mal, ja, pero no para definir un partido.

El único distinto de los que yo conocí siempre fue Messi. De Leo ya está todo dicho. Creo que el rasgo más admirable de Leo es la naturalidad que tiene y que demuestra cada día. En este tipo de figuras mundiales, ver esa personalidad, ese comportamiento… De alguien que es extraordinario, lo más admirable es que sea lo simple que es. Somos unos pocos afortunados por haber jugado al lado de él, por haber vivido con él y ser contemporáneo.

Mascherano Messi
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Mi punto más alto en la Selección llegó en esa etapa camino a Brasil 2014, con Sabella. Primero, está claro que había un compromiso. Había una relación especial que hizo que la gente se representara en el equipo, o que el equipo se representara en la gente. Creo que también el lugar donde fue el Mundial, jugar en Brasil, la cercanía, que los hinchas pudieran ir… 

Esa comunión, esa sensación de que ese Mundial era de todos, la vivimos durante toda la Copa. En el debut en el Maracaná contra Bosnia, salimos a hacer la entrada en calor y vimos que, de las 80.000 personas, 50.000 tenían la camiseta argentina. No lo podíamos creer. Era como estar en el Monumental.

Y fue un Mundial inolvidable, en el que el equipo fue demostrando de qué estaba hecho, sobreponiéndose a contratiempos, hasta llegar al famoso partido contra Holanda. 

Algunos piensan que lo del “Hoy te convertís en héroe” a Chiquito Romero quizás lo tenía pensado de antemano… 

Para nada, ¡mirá si lo voy a tener pensado! 

Creo que tiene que ver con un impulso, con la manera de mostrarle a un compañero la confianza en una situación límite. “Dependemos de vos, pero mirá que confiamos en vos. No podemos estar en mejores manos que las tuyas”. Era eso. (De hecho, después jugamos otras dos finales, fuimos a los penales y no aparecí en escena, gracias a Dios)

La final contra Alemania la disfruté como loco. Fue uno de los pocos partidos que no estuve nervioso en ningún momento. Ni en la previa ni durante. Ni siquiera me daban las fuerzas para estar tenso nervioso después. Era la sensación de jugar el partido más importante en tu vida, un partido que posiblemente, por edad, no lo íbamos a poder repetir, y en el que estaba al alcance que podíamos hacer algo grande. Pero, sobre todo, que nos habíamos ganado el derecho a estar ahí. Y cuando te ganás el derecho a algo, no tenés que dar explicaciones a nadie. Lo que vale es disfrutarlo, porque estás ahí por mérito propio.

Sé que fue la primera vez que pasábamos de cuartos de final desde 1990, y también fue la primera final del mundo desde entonces. Pero en un país como el nuestro, donde el fútbol es tan importante, para mí la historia la escriben los que ganan. 

Es así, es cruel. 

Mascherano Argentina
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En el fútbol, la gente que queda marcada es la que gana. Lamentablemente, no es nuestra generación, salvo los tres o cuatro que tuvieron el privilegio de ganar ahora: Ángel, Leo… incluso Ota, que es otra generación, pero estuvo también mucho tiempo con la nuestra. El resto fuimos jugadores que vivimos etapas muy importantes en la Selección, pero no hicimos historia. No pudimos. 

Y creo que a uno no se le tienen que caer los anillos ni mucho menos en decirlo. Es así. Es cierto que vivimos grandes momentos, pero bueno, de ahí a marcar una época, no. 

Hay que entender que sólo gana uno. A veces te toca, a veces, no. No me quejo de haber perdido lo que perdí, como no digo nada de lo que me tocó ganar en otros lugares. 

Está clarísimo que me hubiese encantado poder ganar algo con la Selección. Pero las cosas son como son y hay que aceptarlas y naturalizarlas. Si no lo lográs y lo diste todo, no hay mucho más para hacer.

Muchas veces los argentinos tendemos a hacer de todo un mundo, para lo bueno y para lo malo. Una derrota nos lleva a caer a lo más bajo y una victoria nos hace creer que somos los dueños del planeta. Y no es ni una ni otra. Porque, al final, al otro día te tenés que levantar y seguir lo mismo. 

Siempre, desde chiquito, jugué al fútbol porque me apasionaba el juego, porque el fútbol es el juego de todos. Nunca quise estar para aprovecharme de los efectos secundarios, como la fama o la exposición. Todo lo contrario. No reniego, sé cómo es el sistema.

El fútbol es tan loco que ni en 2014 me creí los Masche facts que se hicieron tan populares, ni tampoco me creí que era un súper desastre cuatro años más tarde. Si veía algo divertido, me reía, pero tampoco era tan tonto como para creerme esas cosas, en las que yo aparecía como un superhéroe, o después como el culpable de todo. 

Este es el primer Mundial en muchos años que estoy viviendo como hincha, disfrutando los partidos desde otro lugar.

Javier Mascherano

Desde el primer momento mi carrera está ligada con la Selección. Entré en el predio por primera vez en 1999 y salí en 2018. Fueron 19 años y cinco Mundiales, uno como sparring y cuatro en la cancha. Cada uno de los pasos que di en mi carrera, siempre estuvo acompañado con la Selección. 

Después de mi retiro en Estudiantes, haber podido volver a un lugar donde la gente me tiene cariño, donde pasé tantos años de tu vida, para empezar otra etapa, es hermoso. La AFA es mi casa y la disfruto, no quiero proyectar demasiado para poder vivir el momento.  

Lo de la zanahoria que vivimos persiguiendo es algo que una vez le escuché decir a Nelson Vivas y me sentí totalmente identificado. Es una lucha interna que uno tiene, porque por un lado me es difícil no ir proyectando hacia el futuro, trazando nuevos objetivos, pero también entiendo que la vida es una. Nunca creo que alcance a la zanahoria, porque es como el motor de tu vida, pero sí sé que mientras tanto estoy disfrutando con la misma pasión que cuando empecé. 

Mascherano sangre
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Este es el primer Mundial en muchos años que estoy viviendo como hincha, disfrutando los partidos desde otro lugar. Con un poquito de nerviosismo extra, sí, porque los amigos que tengo en el cuerpo técnico y en el equipo hacen que sufra más de lo normal. Siempre quiero que le vaya muy bien a la Selección, porque soy hincha y porque soy argentino. 

Veo que algo parecido a ese sentimiento hermoso que vivimos en 2014 es lo que ahora está viviendo esta Selección. Claro que supera ampliamente a lo nuestro, porque este equipo ya tuvo la muy merecida posibilidad de ganar. 

Obviamente, siempre digo lo mismo: la pelota es de los jugadores y los que llevan la idea del entrenador a la cancha son los jugadores. Y cuando tenés muy buenos jugadores, como tiene la Selección Argentina, todo es mucho más fácil. El mérito es de todos. Lo tienen que disfrutar.

Jugué 20 partidos en Mundiales, pero te juro que siento el mismo orgullo que si hubiera jugado apenas 10 minutos. Jamás aquel Javier que pateaba la pelota en San Lorenzo se hubiese imaginado haber jugado cuatro Mundiales. Era imposible, y jamás me hubiese imaginado jugar una final del mundo, que era el partido que soñaba jugar desde que era chiquito. A los seis años, cuando vi la final del 90, ¡quién no soñaba con jugar ese partido! 

Bueno, 24 años después, yo lo pude jugar. 

Y estoy orgulloso.

Firma Javier Mascherano

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