
Para Los Que Me Sostuvieron
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El pasado febrero me tocó ver el PowerPoint más deprimente de mi vida.
Estaba en un despacho de la ciudad deportiva, con una bota ortopédica. El doctor del club y el jefe de fisios iban pasando diapositiva a diapositiva.
“Como se ve en esta imagen, es una fractura de estrés en el pie derecho…”.
Clic.
“Aquí se ve que es bastante seria”.
Clic.
Estábamos peleando la Premier. El Mundial estaba a la vuelta de la esquina. Mi mujer estaba embarazada.
“Y aquí se ve…”
Yo pensaba: Vale, lo pillo. ¿Cuánto tiempo?
El doctor me dijo: “Seis meses.”
Me quedé tan en shock que ni siquiera estaba triste. Hice cuentas mentalmente. Para el Mundial quedaban cuatro meses.
Le dije: “¿¿¿Estás seguro???”
Y él: “Mikel, lo siento. Es imposible.”
La situación era todavía peor, porque el especialista que me hizo las pruebas nunca había visto una fractura de estrés en esa zona del pie. Y llevaba 30 años en esto. Llamó a cinco de los mejores especialistas del mundo, y ninguno lo había visto tampoco. Nadie sabía cómo se iba a recuperar mi pie, ni si se iba a recuperar. Una parte de mí tenía miedo de no volver a jugar al fútbol nunca más.
Conduje hasta casa en silencio.
Cuando le conté a mi mujer, Lola, lo que había dicho el doctor, ahí fue cuando me derrumbé. La cabeza ya lo había entendido, pero el corazón necesitaba que lo dijera en voz alta.
Los días siguientes fueron de los más duros de mi vida. Lo primero que pensé fue: No me puedo creer que me vaya a perder otro.
En 2022 jugué en la fase de clasificación, pero me quedé fuera de la lista final. Mi madre dice que estoy loco, porque de pequeño le decía a todo el mundo que iba a ganar el Mundial. Mi padre fue jugador y entrenador, y hasta él me decía: “Hijo, ese es un sueño muy difícil”. En el próximo Mundial cumpliría 34 años. Estaba en el mejor momento de mi carrera. Igual era mi última oportunidad.
Cuando se despejó un poco la niebla, pensé: Espera, esto tiene que haber pasado por algo.
Creo que tengo un ángel de la guarda. De hecho, tengo suerte de estar vivo. Tenía 20 años y jugaba en el Dortmund cuando atacaron nuestro autobús con tres bombas de camino a un partido de Champions. Seguramente mucha gente joven ni se cree que pasara, o lo grave que fue, pero nos marcó a todos. Hubo un ruido ensordecedor y luego recuerdo que el autobús casi vuelca. Miré hacia atrás y vi sangre en el suelo. Humo, gritos. Recuerdo estar en el hospital esa misma noche, esperando a Marc Bartra, que tenía la muñeca destrozada. Al día siguiente, alguien me contó que había un trozo enorme de metralla clavado en el reposacabezas del asiento de al lado de Marc. Mi sitio de siempre.
Ese día, el asiento estaba vacío.
Tenía las piernas un poco cargadas y los asientos de delante se reclinaban. Así que me senté allí, y puede que eso me salvara la vida.
Así que sí, tengo esa creencia de que las cosas pasan por algo.
Y al final pensé…
Nah.
Nah, tengo que jugar el Mundial.
Voy a estar en el Mundial, pase lo que pase.
Puse toda la carne en el asador. Me dijeron que me podían poner dos tornillos en el pie para darle sujeción. Y yo: Venga, va, ponédmelos.
La mañana después de la operación, estoy en la cama, en casa. Te puedes imaginar: todo entumecido y destrozado. Tengo el cuerpo hasta arriba de anestesia. De repente…
DING DONG.
Lola baja. “Mikel, hay aquí tres personas que dicen que te tienen que hacer un test.”
Miro el reloj.
07:03
Yo, medio dormido: “¿Qué? ¿Dónde? ¿Quién?”
Control antidopaje.
Hombre… Entiendo que tengáis que hacer vuestro trabajo, pero estoy medio muerto, ¡que no puedo ni andar solo! ¿¿Y decidís presentaros a las 7 de la mañana?? Tuve que salir de la habitación cojeando con las muletas, todavía medio volado.
No me hizo ni pizca de gracia.
Por eso los llamamos vampiros. Quieren tu sangre y aparecen cuando menos te lo esperas.
Al míster ya le habían informado de la lesión, pero yo tenía que llamar a Luis de la Fuente. Le conté todo lo que me habían dicho los médicos, menos lo de “imposible”. Luis podría haberme hecho la cruz en ese mismo momento, pero me dijo: “Mucha suerte. Estaré pendiente de ti. Cuídate mucho, y cuida mucho a tu mujer”.
Así es Luis.
Iba a dar la convocatoria a finales de mayo.
Me quedaban menos de cuatro meses.
Los dos primeros meses estuve con muletas. Echaba de menos al equipo. A Lola y a mí nos encanta Londres, pero en invierno se hace de noche hacia las tres de la tarde. Para unos españoles, se hace duro. Yo estaba con la peor lesión de mi carrera. Ella estaba de unos seis meses y cada día tenía más tripa.
Yo tendría que haberlo hecho todo por ella, pero en cambio era ella la que incluso tenía que ayudarme a subir las escaleras. Nunca olvidaré esos momentos. Mi brazo sobre su hombro, intentando no caerme, esperando a que me ayudara a subir.
“Arriba el pie izquierdo, cariño.”
No podía ir al supermercado. Ni siquiera podía ponerme un vaso de agua.
“Ayyy, cariño, me he dejado el libro abajo. ¿Me lo puedes traer, por favor?”
Sinceramente, llegó un punto en que me daba hasta vergüenza pedírselo.
También tenía que sacar a pasear a la perra, pero un día dije: “Se acabó”. Tenía que hacer algo. Me compré un carrito eléctrico rojo. A la mañana siguiente iba yo por la calle con la perra en la correa. Ella iba con la lengua fuera, las orejas al viento, mirándome todo el rato, igual para ver si subía la velocidad.
Bzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzzz. ¡¡Iba lentísimo!! Me podías adelantar andando. La verdad es que era graciosísimo. A veces me escondía con unas gafas de sol y una gorra, pero otros días me daba igual, y los vecinos me pillaban.
“Madre mía, a Mikel con la lesión se le ha ido la cabeza, ¿no?”
Menos mal que nadie me grabó y lo subió a internet, jajajaja. No me quiero ni imaginar los memes.
Lo que no tuvo tanta gracia fue lo del Wolverhampton.
Un tropiezo, y ya estaban todos con lo de “el Arsenal de siempre”. Para ser sincero, dentro del equipo también había dudas. Que te remonten un 2-0 no debería pasar nunca. Pero al día siguiente del partido, los jugadores nos reunimos en el vestuario, sin el míster. Habló todo el mundo. Nadie habló de táctica. Esto iba de cómo un grupo de personas afronta junto los momentos difíciles. Yo conté cómo veía al equipo desde fuera, y dije que esto lo teníamos que sacar nosotros, los jugadores, porque el míster no lo podía hacer todo por nosotros. Cuando una persona lleva tantas cosas en un club, se necesitan líderes capaces de solucionar los problemas por su cuenta.
Pues bien. En este club los tenemos.
Para mí, ese fue el día en que ganamos la Premier.
Incluso cuando perdimos contra el Bournemouth y el City, esa charla nos mantuvo unidos. Decidimos usar todas las críticas como gasolina, y con las redes sociales nos llegaba todo.
Éramos unos blandos. Subcampeones. Segundos, segundos, segundos. Aburridos. Un equipo de balón parado. Incapaces de marcar de jugada. Incapaces de aguantar la presión. Cuando pusieron en duda nuestra profesionalidad, nos unimos todavía más.
¿El aficionado de la botella en la tele? Nos reíamos.
Es el “bantah”, el vacile, como dicen los ingleses.
El míster estaba “on fire”. En cada charla nos tocaba la fibra. Hablaba de cuidarnos los unos a los otros, como una familia. La cultura que tenemos es gracias a él. Incluso cuando todo el mundo esperaba que nos hundiéramos, yo estaba convencido de que el título iba a ser nuestro.
Pero es curioso cómo te puedes obsesionar con un título, como si fuera lo más importante de tu vida, y de repente tienes entre los brazos algo mucho más valioso.
Sabíamos que iba a ser niño. Me acuerdo de llegar a una ecografía con muletas, y como a Lola con la ropa no se le notaba la tripa, ¡todo el mundo pensaba que veníamos por mí! En la pantalla se veía un garbancito.
“¿Veis eso que parpadea? Es el corazón.”
Un milagro. ¿No es increíble cómo la naturaleza puede crear vida de la nada?
Pero el parto fue complicado, porque el niño venía muy grande. Se hizo largo, y nunca había visto a Lola pelear tanto. Digo “pelear” porque es como en el deporte, cuando lo das todo para conseguir algo, y sufres, te duele, pero sabes que al final merecerá la pena.
30 de abril de 2026.
Marco Merino.
Estaba sucio. Azul. Llorando.
El niño más bonito del mundo.
Unos días después, tuve mi primer entrenamiento tras la lesión. Tres meses de recuperación. La lista del Mundial se iba a dar en tres semanas. Yo pensaba: Hoy o paramos, o tiramos para adelante.
Me até las botas y troté un poco.
Sin dolor.
Por fin veía la luz.
Diez días después de que naciera Marco, jugamos contra el West Ham, y aquello fue casi insoportable. Algunas veces viajaba con el equipo para sentirme parte del grupo, pero como padre primerizo, este lo quería ver desde el sofá, como un aficionado más. Cuando el VAR anuló su gol del empate…
“¡¡¡¡¡¡¡¡VAMOOOOOOOOOOOOOOOS!!!!!!!!”
Me volví loco.
De repente, oí un ruido.
“U-hu… u-hu… u-huuuuuuuu.”
Marco estaba llorando.
Lo había despertado.
Lola me pegó un grito.
Yo solo levanté la mano. Culpa mía.
Cuando supimos que el City tenía que ganar su siguiente partido para seguir vivo, el míster retrasó el entrenamiento para que pudiéramos verlo todos juntos en Colney. Debíamos ser unas cien personas en el comedor: jugadores, staff, cocineros, todos celebrando los saques de banda y gritándole al árbitro.
Cuando marcó el Bournemouth, me levanté y me fui a dar un paseo.
Me encanta analizar la táctica, pero esta vez tenía que calmarme. Luego empató el City y yo tenía el corazón en la boca, a 200 pulsaciones por minuto. Lo siguiente que recuerdo es el pitido final. Gritos. Abrazos. Champán. Pura alegría.
Pegué el grito más fuerte de mi vida, soltando todo el dolor y todas las dudas.
Blandos.
Subcampeones.
Campeones.
Cuando me calmé un poco, bajé al gimnasio y llamé a Lola y a mis padres. Luego volví a subir, nos tiramos todos a la piscina cantando canciones del Arsenal. En el centro, las calles estaban a reventar. El N5, el barrio del Arsenal, era una locura.
22 años.
Pero yo no iba a ponerme a bailar encima de la mesa ni a meterme seis cubatas. En cinco días jugábamos en el campo del Palace. En seis días, Luis daba la lista del Mundial.
Cero minutos en cuatro meses. ¿Cómo vas a convocar a un jugador así?
Me pasé toda la semana peleándome con el míster y con los fisios. El plan era que volviera para la final de la Champions, y ya eso era arriesgado. Pero yo tenía que demostrarle a Luis que estaba listo. Al final aceptaron darme media hora contra el Palace. Lo más extraño era que me sentía un novato, como si tuviera que volver a aprender a jugar al fútbol. Los demás estaban relajadísimos con el título ya ganado, pero cuando entré yo, estaba hecho un flan. El balón iba tan rápido que casi ni lo veía. Acabé exhausto.
Ese día me jugaba ir al Mundial. Y después de eso, pensé que tenía bastantes opciones. Durante semanas me había asegurado de que a Luis le llegara todo lo que demostraba lo bien que estaba: gráficos, estadísticas, informes, mi velocidad máxima, hasta vídeos. (Igual algún día le mando todo el material que se cortó, jajaja).
Al día siguiente puse la tele española. La Federación había hecho un vídeo increíble sobre cómo la selección es de la gente, así que Luis no leía los nombres. Le había cedido ese honor a héroes anónimos de toda España. Yo estaba sentado en el sofá diciendo: Por favor, por favor, por favor…
En un momento dado, salió en pantalla una mujer en un viñedo.
“…… ¡¡Mikel Merino!!”
Abracé a Lola. Le di un beso a Marco. El móvil echaba humo con tantos mensajes.
Me iba al Mundial.
Despedirme de mi familia fue durísimo. Dejaba atrás a las dos personas que más quiero, justo cuando Marco tenía un mes. Sabía que Lola me necesitaba mucho. Y Marco seguramente todavía más. Es muy difícil gestionar la presión de rendir con tu selección mientras dejas atrás lo más importante de tu vida.
Cuando ya estaba en el Mundial, no me bastaba con estar. Quería ser importante, quería ganarlo. Pero después del 0-0 contra Cabo Verde, la prensa nos mató. Es verdad que no estábamos en nuestro mejor nivel, pero necesitábamos tiempo para arrancar, y además, venga ya. Somos España. Ganamos la Eurocopa. De hecho, estuve a punto de subir una foto de España perdiendo contra Suiza en el primer partido del Mundial de 2010. Todos sabemos cómo acabó aquello. Así que no nos deis por vencidos. No os rindáis con nosotros.
El torneo empezó de verdad en las eliminatorias. Cuando íbamos a jugar contra Portugal en octavos, mi padre voló a Dallas con sus calcetines de la suerte.
De jugador, él celebraba los goles dando vueltas alrededor del banderín de córner. Cuando yo marqué contra Alemania en la Euro 2024, hice lo mismo, y tuvo una repercusión enorme en todo el mundo, sobre todo porque fue en Stuttgart, donde mi padre había marcado el gol de su carrera con Osasuna en la Copa de la UEFA 33 años antes. Alguien sacó a la venta unos calcetines en los que salía yo haciendo la celebración, y mi padre me los regaló.
Y yo: “Papá, venga ya…”
Él: “¿Cómo que venga ya?”
“Son chulos, pero no me puedo poner unos calcetines conmigo mismo.”
“¡Pues me los pongo yo!”
España 0-0 Portugal.
Quedaban cinco minutos…
Luis me sacó de delantero. Claro, yo en realidad no soy delantero. Cuando se lesionó Havertz a principios del año pasado y me pasé dos semanas con gente en redes diciéndome que tenía que jugar arriba, yo me reía. ¿Yo? ¿De delantero? ¡Si en el Dortmund jugué algunos partidos de central! Pero como en el Arsenal ha funcionado tan bien, Luis también empezó a ponerme ahí, y la verdad es que me encanta. No soy rápido, pero veo el juego en conjunto. Incluso antes de empezar a jugar ahí, ya pensaba mucho en cómo tenía que moverse el delantero.
Cuando Ferran recibió fuera del área, vi que se abría un hueco en el centro de su defensa. Ataqué el espacio. El pase fue perfecto.
No la toques, remata y ya.
Zurda.
Gol.
En algún lugar de la grada, un señor canoso con unos calcetines feos se estaba volviendo loco.
Después de ese partido, recibí el mejor regalo que podía imaginar: mi mujer y mi hijo. Lola se había pegado 12 horas de avión con él solo para estar conmigo.
“¡¡¡MARCOOOOOO!!!”
Lo cogí en brazos. Pero me di cuenta enseguida.
Pesaba muchísimo más.
Tenía más mofletes.
Solo había estado fuera un mes y ya no era el mismo niño. Eso fue muy duro para mí. Y por eso el partido contra Bélgica fue tan especial. Marcar otro gol ganador al final ya era una locura, pero ¿hacerlo delante de mi familia? ¿Después de esa lesión? Era como una película en la que yo no tenía ni voz ni voto en el guión, solo me había tocado un papel, y estoy muy agradecido de que me tocara este.
Cuando vi a Lola y a Marco en el hotel después, nos besamos y lloramos. No teníamos palabras. Ese gol era para ella. Sin su apoyo durante todo este tiempo, habría visto el partido desde el sofá en Londres.
Mi padre también estaba. Lo primero que hizo fue remangarse los pantalones y echarse a reír.
“¡¡Estos calcetines han metido dos goles!!”
Se los ponía en todos los partidos, y jugábamos cada cuatro días. Espero que tenga más de un par.
A esas alturas, éramos muy difíciles de ganar. Igual no éramos el mejor equipo del Mundial, pero sentíamos que tampoco había nadie mejor que nosotros. Ni siquiera Francia. Todo el mundo pensaba que nos iban a ganar y de hecho lo hablábamos en la cena. Está claro que tienen superestrellas por todas partes, jugadores increíbles, pero todos nosotros hemos crecido con el mismo sistema, la misma cultura y entendemos el fútbol de la misma manera. Para marcarnos, necesitas el balón. Y quitarle el balón a España es muy, muy difícil.
Lo mejor de la final fue que nos olvidamos de que era una final. Simplemente la jugamos. Nuestros chavales tienen tanta confianza que están casi desconectados de la realidad. Lo admiro muchísimo. Viven en su propio mundo, donde la presión es solo ruido y el juego es un juego, como si todavía fueran niños. Esa es la mejor manera de jugar.
En el banquillo estaba muy presente. Solo veía 11 contra 11. Presión, ángulos, movimientos. Cuando entré, simplemente me sentí un privilegiado. Mi padre siempre me decía: “La presión es un privilegio.” Puedes perder, pero que no sea por miedo.
Y estuve cerca. Muy cerca.
Uf………………
Ese cabezazo. Ya me he pasado horas hablándolo con mi padre. El problema fue que no llegué de piernas, así que no pude impactar el balón como quería. En cuanto la toqué de cabeza, noté que algo no iba bien. ¡Argh!
“Esa tienes que meterla.”
Todavía me lo dicen en todas partes. En los bares. En los restaurantes. Por la calle. Hasta mi familia me lo sigue recordando.
“Un Merino esa no la falla.”
“Sí, abuela, ya lo sé.”
“Pero cariño, ¿cómo no la metiste?”
ARGGGGGGGGHHHHHHHHHH.
Igual a mi padre se le olvidó ponerse los calcetines.
En fin, sentía que íbamos a tener más ocasiones. Cuando metieron un tercer central, supe que les estaba haciendo daño. Necesitas que tu delantero estire la defensa para que haya espacio para que lleguen los centrocampistas y cuando vi que Pedro Porro iba a centrar, cargué el área. Me llevé a tres jugadores conmigo y Ferran se quedó con muchísimo espacio.
1-0.
Pensé: Ya está.
Error gordísimo. Qué difícil es evitar que la cabeza se relaje. Lo habíamos tenido todo controlado y de repente Argentina nos estaba metiendo atrás. El balón pesaba más. No conseguíamos despejarlo. No conseguíamos mantenerlo, ni siquiera con uno más.
Por suerte, sabíamos sufrir. En un momento, Messi se perfiló para chutar justo fuera del área y yo pensé: No, él no.
Salí a taparle, a un metro.
Le pegó fuerte.
PUM. En toda la cara.
Caí como si me hubieran disparado. Y así era.
Me dio tan fuerte que me quedé sin ver por un ojo el resto del partido. Durante un momento me preocupé de verdad. Pero cuando pitó el final, solo sentí una oleada de alivio, porque no la habíamos liado. Y entonces me vino una imagen a la cabeza.
Yo de pequeño, con un balón.
Sin texto, sin poesía, solo esa imagen. Veía a ese niño diciéndole a su madre que algún día ganaría el Mundial. Y ahora ese niño estaba corriendo por un campo de Nueva Jersey, como campeón del mundo.
Era difícil, sí. Pero no imposible.
Mi familia bajó de la grada a abrazarme. Y luego recuerdo ir al vestuario y robar unas cuantas cosas de la celebración. Un par de paquetes de lomo y de jamón serrano. Algo de pan, algo para picar. Unas 15 latas de cerveza. Lo metí todo en una mochila, se lo saqué a mi familia y nos sentamos en corro en el césped a hacer un picoteo. Es una tradición que tenemos mi mujer y yo después de una victoria.
Nos gusta hacerlo en el parque. Esta vez nos tocó el MetLife.
Todavía puedo saborear ese momento. Recuerdo mirar a los aficionados españoles en la grada, felices. Cucurella seguramente estaba llamando a su tatuador. A Luis lo abrazaba todo el mundo. Casi seis meses antes, un PowerPoint me había dicho que esto no podía pasar. Miré a las personas que quiero y pensé: No puedo pedir nada más a la vida.
Aún hoy no me acabo de creer que pasara.
De verdad, solo puedo dar las gracias.
A papá, por ser mi mentor y por los calcetines de la suerte.
A mamá, por dejarme soñar.
A Marco, por ser el centro de mi universo.
Y a Lola, por ayudarme a subir las escaleras.
Nunca me dejaste caer.
— Mikel

