Por Mi Familia

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Nunca ha habido un aficionado al fútbol más loco que mi abuelo, te lo juro.

Sé que todo el mundo que esté leyendo esto en España pondrá los ojos en blanco y dirá: “No, no, no, mi tío es todavía más loco”. Pero os digo una cosa: si hubierais tenido la oportunidad de conocer a mi abuelo, lo entenderíais.

Mi abuelo llevaba la Tasca Fernando, la mayor peña del Barça en las Canarias. Era un restaurante de tapas de los de toda la vida, con el techo de madera, las sillas de madera, la barra de madera, todo de madera. En las paredes había fotos de nuestra familia (nuestra familia real y los jugadores del Barça, claro).

Yo crecí corriendo entre las mesas. Mi abuela no soportaba que mi hermano y yo jugáramos la final del Mundial mientras ella iba llevando la comida a las mesas, así que siempre nos mandaba abajo, a la “sala VIP”. Era como un pequeño sótano debajo del restaurante, donde guardaban el vino y las cajas. Pasé buena parte de mi infancia allí abajo, chutando la pelota contra la pared. De hecho, tenía 7 años cuando ganamos el Mundial de Sudáfrica. Es la edad perfecta para obsesionarte, ¿no? Antes incluso de saber atarme los cordones, ya tenía claros mis sueños:

  1. Ganar el Mundial con España.
  2. Ganar la Champions con el Barça.

Fácil.

Estábamos más cerca del Sáhara que del Camp Nou, pero ser de otro club era imposible. Mi abuelo se encargó de que así fuera. Si le hablabas del Real Madrid, te respondía directamente: “No. Moriré sin poner el pie en esa ciudad”.

No era ninguna broma. Un fin de semana, hizo un viaje con sus colegas para ver jugar al Barça en el Camp Nou. A la vuelta, hacían una escala rápida en Madrid. Cuando el avión aterrizó, todo el mundo cogió sus maletas y se bajó. Menos mi abuelo. Él se quedó ahí sentado en su asiento, sin moverse.

Al cabo de diez minutos, se le acercó la azafata y le dijo: “Señor, ¿se encuentra bien? Tiene que bajar”.

Y él soltó: “De ninguna de las maneras. Eso da mala suerte para un culé. A mí llévenme a Tenerife”.

Ella intentó convencerlo, pero él no se movía de ahí.

Entonces dijo: “Vale, ¿y si me traen una silla de ruedas? Así no cuenta, ¿verdad?”.

¿Y sabes qué? Al final lo llevaron hasta la puerta de embarque en una silla. Al menos, así contaba la historia.

Era todo un personaje. Siempre iba a ver los partidos del Tenerife cuando el Real Madrid venía a jugar a Canarias. Iba solamente para ir contra el Madrid. Evidentemente, él estuvo en la última jornada de la temporada en 1992. Todos los barcelonistas saben lo que pasó en Tenerife en 1992. Yo no había ni nacido, pero mi padre me ha contado la historia como cien veces.

Era el último partido de la temporada, y el Real Madrid solo necesitaba un punto para ganar el título. El Barça iba segundo. Mi abuelo fue al partido con su corbata del Barça y todo. En la primera parte el Madrid se puso 0-2.

Era el día más triste de su vida.

Algunos de sus amigos del barrio eran madridistas, y los veía al otro extremo del estadio, en la grada del Real Madrid, saltando y celebrando. Sabía que después iban a invadir la Tasca Fernando. No se lo iban a dejar olvidar nunca.

Entonces ocurrió un milagro.

1-2.

OK. Vamos.

2-2.

Dios mío. Vamos, vamos, vamos!!!

¡¡¡3-2 para el Tenerife!!!

Mi familia dice que, cuando sonó el silbato de final del partido, mi abuelo, que entonces tenía 60 años, se levantó de su asiento y atravesó todo el estadio corriendo para encontrarse con sus conocidos madridistas. Creo que no había corrido así en 30 años.

Fue uno de los mejores días de su vida.

Mi abuelo falleció cuando yo era todavía muy pequeño. Se fue mucho antes de poder ver mi carrera como futbolista. Pero todavía nos quedan las historias. Todavía tenemos su corbata del Barça y su restaurante. Y lo más importante que nos transmitió fue su pasión por el fútbol. En mi familia, el fútbol se vive y se respira.

Pedri | Por Mi Familia | The Players' Tribune | FC Barcelona | Spain
Cortesía de Pedri

Es curioso porque en las Canarias solemos tomarnos todo lo demás de una forma muy relajada. El jugador canario tiene un ritmo especial en el campo. Tenemos una forma de divertirnos y de no sentir la presión. En el campo hacemos lo que nos viene a la mente. Creo que por eso salen tantos jugadores creativos de aquí.

Recuerdo que mi padre solía llevarme a los entrenos pronto por la mañana después de trabajar toda la noche en el restaurante. Y siempre paraba en la gasolinera a tomar su café.

Yo me ponía de los nervios.

“Papá, que voy a llegar tarde. Hoy no podemos pararnos”.

Y él decía, en su estilo canario…

“Relájate, los buenos jugadores siempre llegan tarde”.

“¡Pero yo no soy Ronaldinho, papá! El entrenador se va a enfadar”.

“Vamos bien. Tranquilo”.

Mi padre tiene una perspectiva fantástica de la vida. De joven fue muy buen portero, pero tuvo que renunciar a su sueño cuando falleció mi abuelo para poder llevar el restaurante. Mi padre y mi tío eran los únicos camareros, hasta que mi hermano creció y le pusieron a trabajar.

A mí, la verdad, nunca me hicieron trabajar. Vieron algo especial en mí. Y siempre tenía permiso para salir y jugar al fútbol después de la escuela.

¡Excepto un día! ¡Un famoso día!

Creo que tenía 13 años. Eran las fiestas del pueblo, y mi tío, de hecho, es monologuista. Para mí es Pepe, pero para el público se transforma en Don José. No puedo contar ni siquiera un chiste, porque es humor canario, y si no eres de mi isla, no tendría gracia. Pero el día que mi tío tuvo que ausentarse del restaurante para actuar en las fiestas del pueblo, mi padre me llamó para que echara una mano cuando aquello estaba a tope.

Pedri | Por Mi Familia | The Players' Tribune | FC Barcelona | Spain
Cortesía de Pedri

Bueno… correr con un balón es muy distinto de estar detrás de la barra.

Dios mío.

Yo estaba en la barra sirviendo bebidas. Ese era mi trabajo. Mi padre venía con prisa y me iba cantando los pedidos que yo tenía que servir.

“Dame 2 Coca-Colas, una Fanta y 3 cervezas”.

2 Coca-Colas, una Fanta…

Pero antes de tener las Coca-Colas servidas en los vasos con las pajitas y el hielo, mi padre volvía ya con el siguiente pedido.

“Dame 2 vasos de vino, una Fanta y 3 Coca-Colas. ¡Rápido!”

Me daba vueltas la cabeza. Me dolían las piernas.

Dije: “Papá, ¿cuándo es el descanso?”.

Mi padre dijo: “¿Descanso? ¿Qué descanso? Esto no es como el fútbol”.

Al final de la noche, estaba molido.

Mi padre me preguntó: “¿Qué te ha parecido?”.

Yo dije: “Sinceramente. Os tengo mucho respeto a ti y a Pepe. Estoy destrozado”.

Mi carrera en la Tasca Fernando terminó después de una sola noche, gracias a Dios. Puse todo lo que tenía en el fútbol. Unos meses después, estaba jugando en el equipo de mi pueblo, cuando mi padre empezó a recibir llamadas de clubes más grandes. Empezó con el Deportivo y finalmente llamó el Real Madrid para saber si me animaría a ir a probar en su academia. Mi familia no sabía cómo llevar este tema, porque nosotros éramos gente normal. No teníamos experiencia con agentes ni con todo ese mundo.

Recuerdo que algunos amigos me preguntaron: “¿El Real Madrid? ¿De verdad vas a ir? ¡Qué locura!”. Porque entonces yo todavía jugaba al fútbol en el parque con ellos, ¿sabes? No parecía real.

Dije: “Desde luego. Tengo que intentarlo”.

Algunos conocidos del barrio llegaron a llamar al Barça para ver si estaban interesados en mí. Pero la verdad es que yo no estaba en su radar por aquel entonces.

Recuerdo a gente bromear: “Si tu abuelo estuviera vivo… Dios mío”.

Mi padre me llevó a Madrid y, cuando llegué a la academia, todos los demás chicos estaban ya instalados en la residencia, e iban a clase todas las mañanas. Yo estaba por mi cuenta en el hotel todo el día, sin nada que hacer, aparte de mirar el teléfono hasta la hora del entrenamiento. Aquello no fue ideal para mi mentalidad.

Después de una semana me enviaron de vuelta a casa. Simplemente no tenía que ser.

Para ser sincero, fue una cura de humildad. No es agradable volver a casa y ver a tus amigos cuando todo el mundo sabe que no te ha ido bien. Pero nunca olvidaré que en casa todo el mundo me apoyó muchísimo. Y lo mejor es que en mi pueblo todo el mundo es un poco humorista. Todos se reían un poco de la situación.

“No te preocupes, tu abuelo nunca hubiera permitido que jugaras en el Madrid. Seguro que estaba hablando con el de arriba, y… ¡Dios hizo que nevara justo ese día!”

En aquel momento nunca lo hubiera pensado, pero todo pasó por un motivo. Todavía era un chaval, ¿sabes? Necesitaba tiempo para madurar. Acabé en la academia de Las Palmas, cerca de mi casa, e incluso eso ya fue un poco una locura, porque con 15 o 16 años ya estaba viviendo por mi cuenta por primera vez. Recuerdo ir a hacer la compra al supermercado con mis compañeros de equipo y salir con cualquier cosa menos comida de verdad. Teníamos suerte si al llegar a casa había una pechuga de pollo normal en la bolsa.

Pedri | Por Mi Familia | The Players' Tribune | FC Barcelona | Spain
Cortesía de Pedri

Pero luego, cuando queríamos freírla en la sartén, teníamos que mirar en YouTube cómo hacerlo.

“Pedri, nos olvidamos del aceite”.

“¿El aceite?”

“¡Sí, hace falta aceite para cocinar! ¿Pero tú no creciste en un restaurante?”

Y ya tenía que llamar a mi madre…

“Mamá, ¿cómo se cocina una pechuga de pollo sin aceite?”

No teníamos ni una pizca de sal. Era ridículo. Pero así es como aprendes a crecer.

Lo único que hacíamos era ir a los entrenos y jugar al FIFA. Nunca olvidaré cuando llegué al primer equipo y conseguí mi primera carta de FUT. Tenía 72 de media, y todo el mundo se reía de la foto que me pusieron. Parecía que tenía 10 años. Pero fue el mejor día de mi vida.

Recuerdo a mis amigos en casa preguntándome: “Hermano, cuando juegas al FIFA, ¿te pones a ti mismo?”.

Y yo respondía: “No. ¡Soy demasiado malo! Me quedo en el banquillo. Solo salgo 5 minutos al final”.

Después de un año en Las Palmas, mi padre empezó a recibir llamadas telefónicas. Él y mi madre me lo ocultaron hasta que no hubo más remedio que decírmelo. Intentaban protegerme.

Recuerdo que un día mi padre me llamó y dijo: “Hay unos cuantos equipos interesados en ti. Tienes que tomar la decisión de si quieres quedarte o marcharte”.

Yo dije: “Vale… Dime qué equipos son”.

“Bueno, ¿quieres ir al grano? Porque creo que cuando te diga uno de los equipos, no querrás saber nada del resto…”

“Dime”.

“Barça”.

“¿Qué?”

“Sí, de verdad, el Barça”.

“Vale, pues ya está. Vamos”.

Obviamente, en mi familia fueron lágrimas y más lágrimas. Los primeros en saberlo fueron mis tres mejores amigos: Fran, Rubén y Dani. Reaccionaron como solo un canario haría.

Dani me dijo: “Pero, no lo entiendo. ¿Cómo puede ser que el Barça te llame? Si no eres tan bueno. ¡Yo juego contigo cada día! Eres bueno. Pero… ¡Venga hombre! ¿Vas a jugar con Busquets? Supongo que serás suplente, ¿no? Vaya locura, hermano…”

Pedri | Por Mi Familia | The Players' Tribune | FC Barcelona | Spain
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“No sé. Tal vez me envían de vuelta cedido”.

“Hombre, pero tienes que conseguir quedarte. Podemos venir a vivir contigo y será como Entourage. Yo quiero ser Johnny Drama”.

“Tú eres Turtle fijo, hermano”.

Recuerdo que mi hermano voló conmigo a Barcelona, y tuvimos que ir en taxi al entrenamiento porque ninguno de los dos tenía carné de conducir. Era la época del COVID, así que tenías que llegar ya vestido de casa. Así que ya me ves en el asiento de atrás de un taxi normal, vestido con toda la ropa de entrenamiento del Barça, camino de la Ciutat Esportiva Joan Gamper.

Bajamos del taxi, voy a la caseta de seguridad y digo: “Hola, me llamo Pedri. Vengo a entrenar”.

El guardia me hizo señas para que pasara, y no tenía ni idea de por dónde ir. Y cuando abrí la puerta de la zona de jugadores, adivinad quién fue la primera persona que vi. Literalmente, la primera persona.

Es Leo.

Está delante de mí. De verdad.

Me quedé sin palabras. Intenté presentarme, pero no sé qué fue lo que dije.

Leo me sonrió, me dijo que me relajara, y me acompañó al vestuario.

Es divertido porque llegué en el mismo momento que Trincão, y durante unos cuantos días, nos quedamos en el gimnasio después del entrenamiento, porque nos daba demasiada vergüenza entrar en el vestuario con todas aquellas leyendas: Busquets, Piqué, Jordi, Leo… Nos quedamos por ahí disimulando como si estuviéramos haciendo estiramientos eternamente. Creo que nunca había ganado tanta flexibilidad. Hacíamos abdominales, nos atábamos bien los cordones de las botas o simplemente comentábamos cómo había sido el entreno aquel día. Estábamos alucinando solo con estar allí.

“¿Has visto? Busi nunca pierde el balón. Es una locura”.

Al final Leo se nos acercó un día. Se debió dar cuenta de lo que estaba pasando, y dijo: “Eh, ¿qué hacéis aquí? Venid dentro con nosotros”.

Leo nos llevó al vestuario y nos mostró dónde sentarnos. Éramos como dos cachorritos.

“¿Aquí? ¿Puedo sentarme aquí?”

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Siempre le estaré agradecido por eso. Leo y Jordi rompieron el hielo, y nos hicieron sentir cómodos. Pero yo no estaba seguro de si me quedaría en el equipo o de si finalmente iban a cederme. Sinceramente, en el entrenamiento me sentí como en casa. En los ejercicios de posesión, el balón se movía a la velocidad del rayo. Pero lo cierto es que, cuando juegas con genios, el balón siempre te llega al pie, en el momento perfecto. Te lo hacen todo más fácil. Sentí que lo estaba haciendo todo bastante bien, pero es el Barça. Miras la plantilla y piensas: “¿Realmente puedo encajar aquí?”

Un día, Koeman me llamó a su despacho. Me dijo que me quedaba, y que podía jugar como extremo o como centrocampista. Intenté ser estoico y profesional al máximo. Le di la mano, y luego recuerdo que me di la vuelta y salí de su despacho con una sonrisa enorme en la cara.

Me fui a casa, llamé a mis padres y lloramos un buen rato.

Para nosotros no era simplemente un club grande. Era el Barça. Lo llevamos en la sangre.

Mi padre me recordó la promesa que le hice cuando era pequeño. Es que yo siempre fui un poco despistado. Cuando íbamos a entrenar, siempre me dejaba las botas, las espinilleras o cualquier cosa en casa. Yo ya estaba soñando con el partido. A veces tenía que volver hasta casa a buscar algo. Así que solía bromear conmigo: “Tienes que conseguir ser futbolista para que yo pueda ser tu asistente personal. Te seguiré a todas partes para asegurarme de que llevas los calcetines. Así no tendré que trabajar más de camarero, y podremos volar juntos por el mundo”.

Ese era nuestro trato.

Cuando supe que me quedaba, le dije: “Papá, vas a tener que asegurarte de que no me olvido las medias del Barça, ¿eh? No puedo olvidármelas en la Champions”.

Para nosotros, cada día desde entonces ha sido increíble.

Cuando era solo un niño en la “sala VIP”, imaginaba que marcaba en el Camp Nou. Ahora puedo hacerlo de verdad.

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¿Sabes qué es lo más increíble? Cuando eres niño, te haces una imagen mental de cómo será, con esa pared de gente subiendo, subiendo y subiendo hasta el cielo. En tu imaginación, el público no tiene cara, ¿sabes? Es como una imagen borrosa. Pero en la vida real, cuando marcas y vas corriendo hacia la bandera del córner, puedes ver la expresión de los culés en la grada —personas de verdad, saltando de alegría— y te das cuenta de lo mucho que significa para ellos.

Es como si pudiera ver a mi propia familia mirándome desde la grada. “Los locos”.

Las primeras veces que marqué después del COVID, cuando volvió el público, no sabía qué hacer con las manos. Cuando estaba en Las Palmas, mi familia siempre se reía de mí por sacar la lengua cada vez que marcaba. No me daba cuenta de que lo hacía. Era algo subconsciente. Así que pensé: “Vale, no puedes sacar la lengua en el Camp Nou. El abuelo me mataría”.

Así que salía corriendo hacia el córner con los brazos abiertos. No sabía qué hacer. ¿Sabes cuando marcas en el FIFA y puedes hacer una celebración, pero no sabes cuál elegir? Ese era yo. Cuando llegaba a la bandera del córner, solo pensaba: “Vamos, que venga alguien a abrazarme para no hacer el ridículo, porque no sé qué más hacer”.

Entonces, la primera vez que tuve días de descanso y volví a casa, estaba con mi familia, y me dijeron (de una forma que solo los canarios pueden): “De verdad necesitas una celebración mejor. Haces el ridículo”.

Dije: “¿Qué puedo hacer con las manos? Es que nunca sé qué hacer”.

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Agustin Cuevas/Getty Images

Y entonces fue cuando las fotos de las paredes nos dieron inspiración. En la Tasca Fernando hay un montón de fotos antiguas en la pared principal. Mi madre en la cocina, con su delantal de chef, preparando el mejor solomillo. Mi tío haciendo un monólogo, micrófono en mano. Mi padre con una sonrisa de oreja a oreja, levantando el trofeo de la Champions. Mi abuelo está ahí, sonriendo, con su traje y su corbata del Barça. Y lleva las gafas con más estilo que habéis visto nunca. Tintadas, de la vieja escuela, como una estrella de cine. Así que, cuando me veáis marcar, no son unos prismáticos. En realidad, me estoy poniendo las gafas de mi abuelo.

Enseguida dediqué esa celebración a mi padre, por todo lo que ha hecho por mí. También es mi manera de honrar a toda la familia. 

Es como decirles, “¿Os podéis creer lo lejos que hemos llegado?”.

Sabes… Mi padre siempre dice que, si mi abuelo estuviera vivo y pudiera verme jugando en el Barça, probablemente tendría un ataque al corazón.

“Imagínate. Lo tendrías aquí viviendo contigo. Te preguntaría por todos y cada uno de los jugadores. ¿Cómo es Lamine? ¿Cómo es Frenkie? No te lo quitarías nunca de encima”.

Hombre, ojalá estuviera… ojalá…

Creo que ni en sus sueños más locos habría imaginado que su nieto sería algún día campeón del mundo.

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Es curioso: por mucho que en mi familia bromeemos con este club o con aquel, cada vez que nos juntamos como selección pasa algo muy especial. En España, el fútbol nos vuelve completamente locos. De verdad. Pero también nos une. Se vio durante todo el verano, en la forma en que el equipo y el país estuvieron unidos.

Cada jugador hizo lo que se le pidió para que pudiéramos ganar, y le mostramos al mundo el carácter del fútbol español.

Suena surrealista decirlo, pero somos campeones del mundo.

Poder sacar a mi padre al césped después de la final y tirarle un penalti con él en la portería… No, eso ni siquiera sé cómo expresarlo con palabras.

Él sacrificó su sueño para mantener vivo el negocio familiar. Trabajó muchísimo para que yo pudiera salir fuera y ser simplemente un niño, jugando al fútbol todo el día, libre.

Ahora puede decir: “Mi hijo ha ganado el Mundial”.

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¿Qué más te puede dar una sensación así, si no es el fútbol?

Nunca olvidaré el desfile en Madrid, ver a todo el país unido en un mar rojo… Dos millones de personas, todas juntas, viviendo el mejor día de sus vidas.

Es una emoción que no se puede comprar con dinero.

Te lo juro: ese día hasta mi abuelo habría roto su propia regla y habría venido a Madrid a celebrarlo con nosotros.

Probablemente esté ahí arriba en el cielo ahora mismo, hablando de fútbol todo el día con sus amigos. Un grupo de viejos amigos sentados por ahí, con una copa de vino…

“Oye, ¿creéis que podemos repetir dentro de cuatro años?”

“¡Tenemos el mejor centro del campo del mundo!”

“¿Quién nos va a parar?”

Abuelo, gracias por dejarme este amor por el fútbol en la sangre. Puede que ya no estés aquí, pero sigues formando parte de mi vida.

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