
Mamá, Esto Es Para Ti
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Ver los pies de mi madre mientras bailaba bachata en el living.
Uno dos tres, uno dos tres.
Su calidez. La calidez de nuestro hogar..
Eso es lo que pienso cada vez que quiero volver a mi casa, aunque sea en mis sueños.
Ella siempre escuchaba Aventura. Creo que es por el dolor de la separación de mi papá. Él se marchó cuando yo nací. Cada noche después de trabajar todo el día, ella ponía su música y bailaba alrededor de la casa.
Yo debía tener unos 8 años. Lo único que quería era bailar con ella. Esa era mi misión.
Lamentablemente, yo era muy malo para bailar la bachatica. Me pasé meses viéndole los pies, tratando de imitarla.
Uno dos tres, uno dos tres.
Nunca la miraba a la cara. Sólo los pies. Tratando de seguir el ritmo.
Uno dos tres, uno dos tres.
Pucha.
Uno dos tres, uno dos tres.
No sé todo el tiempo que me llevó. Quizás como un año. Pero un día, por fin me dijo: “Ahí está, Willian! Eso! Muy bien!”
Y ahí sí la miré a la cara, y tenía una sonrisa enorme.
Dios mío, qué recuerdo.
Creo que es así cómo aprendí a usar mis pies.
No tenía ni idea de lo que era un “futbolista”. Yo sólo jugaba. En ese entonces, en Ecuador no podías soñar con que alguien te diera dinero por eso. Mi sueño era ser marino. El marido de mi madrina un día llegó con su uniforme blanco, todo perfecto, y a mí me gustaba mucho.
“¿Usted va a navegar? ¿Y le regalan ese uniforme tan bonito? Por favor, ¡lléveme!” Siempre me habían gustado los uniformes, y sabía que era una posibilidad de vida.
Un día, alguien quiso llevarme a un club de mi barrio y mi madre dijo: “¿Fútbol? Pero es sólo un pasatiempo. ¿Cómo puedes darle de comer a tu familia con el fútbol?”
Creo que nunca se acostumbró a eso. Para ella, el fútbol era lo que se hacía después de ir a la escuela.
Pero así y todo, siempre me apoyó.
Por las mañanas, ella tenía un bar en el colegio de mi hermana. Hacía empanadas y esas cosas. Mmmh, me volvía loco cuando me traía las empanadas que habían sobrado al final del día. Me encantaban. Por las noches, ella ganaba algo de plata extra lavando la ropa de algunos vecinos. En esa época no había lavadora ni nada. Lavaba todo a mano.
Y también estaban los chanchos.
Vivíamos al pie del monte, atrás del río, así que teníamos una pequeña granja en el jardín. Una especie de granja “improvisada”, me entiendes.
En tiempos difíciles, teníamos gallinas muy flacas.
Cuando la cosa estaba mejor, había puercos.
Puede que el municipio tuviera algún problema con eso, pero mi mamá era una mujer encantadora, pura amabilidad siempre. Todos la querían. Y en cada Navidad, todos se llevaban una buena cortada de chancho…
¿Y qué hay que darles de comer a los puercos? Las lavazas. Lo último. Un trabajo bastante sucio.
Bueno, imagínense, ¿a quién le tocaba hacer ese trabajo?
“Willian! Ahoritaaaaaaaaaaaaaaa!!!!!!!”
Y yo siempre estaba jugando al fútbol en la calle, haciendo de cuenta que no la escuchaba cuando me regañaba.
“Willian! Ahoritaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaa!”
Bueno, sí, estaba probando los límites. Cada minuto más con la pelota valía oro.
“Ma, ahí voy! Ahora voy!”
¿Vieron que las madres siempre dicen esa frase especial? Cuando la dicen, sabes que la cosa va en serio.
Y ella la decía: “¡¡¡Ahora significa ahora mismo!!!”
Y esa era la señal de que yo realmente tenía que ir.
Entonces iba a golpear las puertas de todos los vecinos, y ellos salían con sus ollas, los desechos de la comida. Y yo metía hasta los codos en el arroz, buscando los huesos. Por Dios, olía horrible. Especialmente en el verano. A medida que iba creciendo, se ponía más difícil, porque escuchaba a los otros niños que se reían de mí. Los adultos podían ser peores. Después de limpiar el chiquero, a veces uno apestaba. A algunos se les notaba esa forma de mirarte. Eso te marca.
Cada diciembre, cuando los chanchos estaban bien y gordos, los matábamos para hacer una hornada, y todos en el barrio se llevaban una parte. Hasta los que nos habían cerrado la puerta. Y yo le decía a mi madre: “¿Cómo puedes darle de comer a los que no nos dieron lavazas?”
Y ella me respondía: “Eso no te tiene que molestar. Todos reciben una buena cortada”.
Así que tenía que llevarles este hermoso cerdo a los que se me habían reído en mi cara.
“Feliz Navidad de parte de la familia Pacho.”
Mi madre tenía el corazón más grande del mundo. Pero más grande que eso era la lección que me estaba enseñando, ¿no?
Convertíamos las sobras en un festín.
Y eso me lo llevé para toda mi vida.
A los 15 años, el fútbol me llevó lejos. Me fui a las formativas de Independiente del Valle, a unas horas de casa. Recuerdo que mi madre no podía entender que alguien le diera una cama y comida a un adolescente sólo porque era bueno jugando al fútbol. Al principio me sentía muy solo. Pero ahí conocí a mi mejor amigo, Moisés. Era mi compañero de cuarto. Cuando crecimos, nos conseguimos un departamento y nos repartíamos los gastos. Teníamos una rutina. Un día, Moisés cocinaba y yo lavaba los platos. Al día siguiente, cambiábamos. Éramos dos tipos tratando de hacer algo en sus vidas.
Por supuesto, mi compañero no era cualquier Moisés. Era Moisés Caicedo.
Pensar que esos dos panas fregando platos un día iban a estar jugando en la Champions League… No, imposible.
Nunca me voy a olvidar de cuando a Moisés lo convocaron al primer equipo y empezó a ganar algo más de plata, fue y se compró un Hyundai Sonata. Un rojo muy lindo. Jajaja. Para nosotros, era como si se hubiera comprado una Ferrari. ¡La alegría que me dio verlo en su carro! También me dio la esperanza de que yo también iba a poder lograrlo.
Todo iba bien. Ya no me sentía solo. Me acercaba al primer equipo. Y entonces mi mundo cambió.
Un día, recibí un llamado de casa. Era una de mis hermanas. Me dijo que a mamá le habían quitado “la cosa”. A ella siempre le habíamos visto ese lunar, como una bolita bajo el brazo, y los médicos pensaban que era benigno. Pero después le empezó a molestar un poco, y entonces se lo quitaron…
Pero había un problema.
Al principio no entendía mucho. Me dijeron la palabra “cáncer” y me asusté mucho, pero mi mamá dijo que no era para preocuparse. Los doctores se estaban haciendo cargo de todo.
“No vengas a la casa por mí,” me decía. “Estás ocupado con tu fútbol”.
Cada vez que la llamaba, ella me decía que todo estaba bien. Nunca quería que me preocupara.
Y en un momento de 2019, cuando creo que hubo un paro y nos dieron unos días libres, me fui en un bus a casa. Y en cuanto crucé la puerta, supe que no me había estado diciendo la verdad. Mi mamá siempre fue una mujer bien gordita, ‘acuerpada’. Tenía presencia. Era la persona que llenaba un cuarto con su personalidad, si me entiendes. Una fuerza de vida. Bailando, cantando, gritando, limpiando la casa, cocinando, riendo.
Y cuando la vi, estaba tan flaca, no la vi bien.
Y dijo: “No te preocupes, estoy bien”.
No lloré ahí mismo, me contuve.
Esa noche, me pidió que la ayudara con su medicación, y ahí se quitó la blusa, y pude ver lo que le habían operado. Tenía un tubo por la espalda. Le habían quitado el seno izquierdo. La piel estaba toda quemada, llena de cicatrices. Otra vez, tuve que usar toda mi fuerza para contener las lágrimas.
Le dije: “Mamá, ¿está con dolor?”
Y ella dijo: “Estoy bien, hijo, estoy bien”.
Esa noche dormí junto a ella en la cama, como cuando era niño. Cuando se durmió, finalmente pude llorar toda la noche, en silencio, para que no se preocupara.
A los pocos días me tocaba volver al club, y sentí un miedo intenso en la boca del estómago. Tenía ese presentimiento de que no la iba a volver a ver.
Nunca me tomo fotos. No sé por qué, pero nunca me gustó. Así que no tengo muchas fotos con mi mamá en el teléfono. Quizás en los cumpleaños nos tomábamos alguna, nada más.
Mientras me preparaba, pensé: “Tienes que hacer una foto”. Quería decirle que cuando volviera, íbamos a hacer otra foto para ver cómo había mejorado.
Pero por alguna razón, no me atreví, sabes, no me atreví a hacerla.
Era como una forma de convencerme a mí mismo. “No, la voy a volver a ver. Tengo que verla de nuevo. Cuando regrese a casa, vamos a hacer todas las fotos que quieras”.
Me volví al club. Eran 8 horas de bus entre las sierras.
Y lo único que pensaba era: “No puedes perderla ahora. Todavía tienes que comprarle una linda casa. Algo grande, con mucho espacio, para que los domingos se ponga a escuchar a Marco Antonio Solís y baile por toda la cocina con la escoba. Tenemos tanto que hacer juntos”.
Lloré hasta que me dolían los pulmones.
Nunca me tomo fotos. No sé por qué, pero nunca me gustó. Así que no tengo muchas fotos con mi mamá en el teléfono. Quizás en los cumpleaños nos tomábamos alguna, nada más.
Unos meses después, el profesor me dijo que iba a debutar en Primera. Llamé enseguida a mi madre, pero no me contestó. Eso era normal, a veces no contestaba. El día anterior habíamos estado hablando y me había dicho que estaba muy cansada.
Siempre se enorgullecía de arreglarse, de ser bonita. Y ese día sólo dijo: “Hoy me siento fea”.
Eso me rompió el corazón.
Le dije: “Mami, estás linda. No te preocupes, tranquila, solo descansa”.
No me volvió a llamar, así que antes de irme a dormir, le mandé un mensaje que decía: “Mañana voy a jugar, voy a debutar en el primer equipo! Voy a ser profesional! No te acuestes temprano, tienes que ver el partido!”
Esa noche estaba súper nervioso, no podía dormir pensando en el debut. Literalmente sudé todas las sábanas. En lo único que podía pensar era en los dos delanteros que tenía que enfrentar, que encima venían súper fuertes.
Creo que recién me pude dormir un rato cuando empezaba a salir el sol.
Y me desperté con un montón de mensajes y llamadas perdidas de amigos y de familiares. Demasiados mensajes. ¿Te imaginas la sensación?
Inmediatamente sientes que algo está mal.
Empecé a mirar los mensajes. Era todo una conmoción. La gente que hablaba sobre mi mamá, y cómo la querían. Dándote el pésame. Rezando por mí.
Llamé a mi hermana con pánico.
“¡¿Mamá?! ¡¿Mamá!? ¡¿Qué pasó?!”, le dije.
Y ella me dijo: “¿Qué? No seas loco. Es una mentira. Ella está bien. Tú sabes cómo es la gente aquí. No sabe nada de lo que está pasando. Una ambulancia la trajo del hospital a casa en Esmeralda, y eso es lo que vieron. Está descansando. No te preocupes. Hablamos después del partido”.
Como habíamos quedado en que la iban a llevar en la ambulancia, le creí por completo. Fui al partido y lo último que pensé antes de salir a jugar fue en ella. “Mamá te está mirando por la tele. Tienes que ganar cada pelota por ella”.
Recuerdo que jugué muy bien. Quedamos cero a cero. No podía esperar para llamarla y decirle: “Lo logramos, mami”.
Cuando estaba por dejar la cancha, el profesor me tomó del brazo y me llevó a una sala al lado del camerino, junto con el psicólogo del club. Pensé que me iban a felicitar y decirme que tenía que mantenerme humilde y todo eso. Cuando abro la puerta, me estaban esperando mi cuñado y mi papá.
-¡¿Qué pasa?!
Ahí me dicen que mi madre había fallecido. Que se había ido esa madrugada.
Todos lo supieron durante todo el día. Todos. Mi entrenador, mi familia…
No me habían dicho nada para que yo pudiera cumplir mi sueño. Pensaron que eso es lo que ella hubiera querido y me dejaron jugar.
Lloré del dolor. Lloré como nunca antes..
Nunca me sentí más solo en la vida.
¿Por qué me sacan a la persona que más amo en el mundo? La única persona en la que puedo confiar. Mi razón de ser. ¿Por qué a mí? ¿Por qué, por qué, por qué, por qué?”
Sólo… ¿por qué?
Me pidieron que me fuera a cambiar, pero no quise. “No, me quiero ir, me llevan donde ella ahora mismo”.
Me quedé con el uniforme sucio y todo sudado y salimos. Lloraba, lloraba, se me encogían las piernas, me dolía el pecho, los pulmones, estaba en shock.
Tres horas por la cordillera, que se sintieron como 10, un camino súper largo, no llegaba más. Si nunca has estado en Ecuador, no tienes idea de cómo se siente conducir por los caminos de montaña por la noche. Estás en una montaña rusa a oscuras. No hay guardrails. Si paras para orinar, estás orinando al borde del mundo.
Recuerdo que tuvimos que parar muchas veces. Se sentía como si necesitara ir al baño cada 30 segundos.
“Perdón, detiene el carro”
Había estado tan preocupado de no coger calambres durante el partido que había tomado muchísima agua. La primera vez que paramos, me acuerdo que fui al borde de un acantilado bajito y pensaba: “No puede ser que se haya ido. Esto debe ser un mal sueño”.
La segunda vez que paramos, me fui otra vez a la cornisa, miré al horizonte y estaba todo completamente negro. El abismo y nada más. Y ahí tuve este pensamiento muy oscuro.
“¿Y qué pasa si ahora me tiro?”
No. Por favor.
“¿Qué pasa si nada más doy un paso adelante? Y todo esto desaparece.”
No. Por favor. Estás loco.
“Pero cómo puedo seguir sin ella? Podría estar con ella. Podría ser tan fácil. Nada más un paso”.
La cuarta vez que paramos, me acerqué todavía un poco más. Tenía tanto dolor que ya ni siquiera podía llorar.
Recuerdo que miraba al precipicio y pensaba…
Mamá, no quiero estar aquí sin ti.
Mi cuñado y mi papá se dieron cuenta de que algo no estaba bien. No dijeron nada, pero a partir de ahí, cada vez que parábamos, se bajaban conmigo y se quedaban a mi lado, sosteniéndome. Les agradezco a Dios por ellos. No sé si de verdad hubiera saltado…
Pero solo pensar en eso todavía me da mucho miedo. Sé que tengo mucho riesgo como futbolista por contar esta historia, pero lo estoy haciendo por todos los niños a los que le toca perder un padre o una madre a una edad temprana.
Es una herida que sólo nosotros podemos entender. Una herida que nunca sana..
Llegamos a casa bien temprano por la mañana. Nuestra casa estaba al final de un callejón sin salida, y la calle estaba repleta de carros de todos los vecinos y la gente que llegaba desde todos lados para darle el último adiós. Había tantos carros que tuvimos que parquear más lejos. Me bajé y fui caminando por la calle, todavía con mi uniforme sudado puesto.
Amigos, vecinos, gente que conocía, todos se acercaban para abrazarme. Hacían fila en ambos lados de la calle. Y cuanta más gente veía, y cuanto más me acercaba a la casa, más presión sentía sobre el pecho. No quería llegar a la casa, porque llegar significaba que todo era real. Cuanto más me acercaba, más lloraba.
Y me acuerdo que pensaba: Mi madre pasaba por este camino todos los días. Caminaba cuando era una mujer joven, caminaba como madre, y también caminó desde aquí a su encuentro con Dios.
Cuando llegamos y sentí el olor de casa, ya no pude llorar más. Apenas podía respirar. Era un nudo en la garganta, el pecho inflado. Todo lo que podía hacer era toser.
Fui y me acosté en su cama, y cada recuerdo con ella se me hizo presente.
Recuerdos de que nunca me faltó nada, porque no éramos una familia de plata, pero mi mamá era una trabajadora incansable, siempre para darme lo mejor a mí.
Un plato de comida todos los días.
Los zapatos de fútbol.
Esas Venus que me compraba mi mamá y me encantaban.
Los libros para el colegio.
Sin ella, la vida no tenía sentido.
No salí de ese cuarto por una semana.
Cuando por fin lo hice, era un hombre diferente.
No salí de ese cuarto por una semana. Cuando por fin lo hice, era un hombre diferente.
Traté de hablarlo con el psicólogo del equipo, pero no podía explicarle a alguien que no conocía lo que estaba sintiendo. Era más fácil escribir sobre ella, solamente para mí, como lo estoy haciendo ahora.
Las únicas terapias que funcionaron para mí fueron el tiempo y el fútbol.
Después de su muerte, me pasó algo extraño. Perdí todo tipo de miedo en la cancha. Antes, era un jugador más gentil. Yo de chico era muy flaquito, no me gustaba el contacto. No me gustaba pegarle a nadie, tocar a nadie. No tenía este instinto de querer comerme al mundo.
Cuando murió, yo lo único que tenía era rabia, impotencia, dolor.
El primer partido, primera jugada, pum, amarilla. A los cinco minutos, otra, roja. Me fui a mi casa, no quería jugar más. Era la primera vez que me expulsaban.
De algún modo tenía que liberarme. Así que lo “sangré” todo en el campo.
Me dolía pensar: “Mientras ella estaba pasando sus últimos momentos en este mundo, tú estabas en la cama preocupándote por un partido de fútbol, miedo al qué dirán de ti, miedo a equivocarte. Qué ridículo, preocuparse por un partido”.
Eso puso todo en perspectiva.
En vez de jugar con mis miedos, jugué con mi hambre, con el coraje. Me comí al mundo.
En el fútbol, necesitas esta clase de mentalidad, de ira, de batallar. Me gustaría que no fuera verdad, pero es así.
En esos dos años en Independiente del Valle creo que llevé mi juego a otro nivel. En 2021, me dijeron que el Borussia Mönchengladbach me quería fichar. Para ser sincero, ni siquiera sabía dónde estaba. Sólo sabía que era en la Bundesliga, así que dije: “Estoy listo. ¿Cuándo es el vuelo?”
El acuerdo iba a llevar un tiempo en cerrarse, pero todos me dijeron que estaba listo.
Fui a una concesionaria de autos para celebrar. Me iba a comprar un carro bacán, como Moisés. Él no iba a ser el único crack del barrio, jaja. Me iba a comprar un Kia Sport. Me saqué una foto al lado de uno y todo.
Y allí pasó algo raro. Se aparece alguien que vende casas y me dice: “Ah, ¿estás buscando carros? Soy un agente inmobiliario. ¿Por qué no una casa?”
En ese momento, pensé en mi madre, y en la casa que siempre había querido comprarle. Se sintió como un mensaje de Dios. Me mostró algunas fotos, y había una casa con un bonito balcón.
No sé por qué, pero me encantan los balcones. Cuando creces en una casa pequeña y estrecha, un balcón es algo especial.
“Quiero esa”, le dije.
No podía comprarle una casa a mi mamá, pero sí podía comprársela a mis hermanos. Ella hubiera estado tan orgullosa.
Les dije: “Me voy a Alemania, pero quiero dejarles este regalo. Mamá siempre dijo que que el fútbol no iba a poder darnos un techo. Pero miren dónde estamos ahora”.
El hombre nos dejó cambiarnos a la casa antes de terminar de pagarla. Total, los alemanes son serios. Cuando te dicen está hecho, está hecho.
La semana en la que mis hermanos se cambiaron a la casa probablemente haya sido la más feliz de mi vida. Me paré en el balcón, sintiendo el aire fresco, y dije: “Estamos bien. No importa lo que pase, estamos bien”. Hicimos una foto. Top.
Y entonces se cayó todo.
Mi representante recibió un llamado del Borussia Mönchengladbach. La transferencia no se iba a hacer. Tenían un problema financiero, algo con los cupos, y no podían inscribirme a tiempo. Fue una humillación.
Todavía tenía que pagar la mitad de la casa. Estaba jodido. Imagínate tener que decirle a mi familia que tenían que cambiarse a la casa vieja. Ya había hecho una gran despedida en el club, y había salido en la tele y todo. Incluso ya tenían un central izquierdo que me iba a reemplazar. Pero a mí lo único que me importaba era solucionar lo de la casa, y por suerte me ayudaron a que me quedara tranquilo.
Cuando volví a los entrenamientos, algunos compañeros se reían.
“Ahhh, acá viene la estrella de la Bundesliga”.
La verdad es que sin nuestro entrenador, mi vida podría haber sido completamente distinta. Es un tipo fantástico, como un padre para mí. Podría haberme frizado. Pero en lugar de eso, me dijo: “No te preocupes, tu puesto todavía está acá”.
¿Todo bien? No.
En mi segundo partido después de que se cayera el pase, en Guayaquil, me disloqué los dos hombros. En verdad uno se me salía desde que era un niño, y me lo seguía poniendo en su lugar. Ese día, se me fueron los dos en el mismo momento.
El doctor me dijo que tendría que operarme primero de un hombro y después del otro. Iba a llevarme un año para que estuviera otra vez al 100%. Le dije, “Doctor, no puedo esperar. ¿Por qué no puede hacerlas las dos ahora?
Me dijo: “Porque no vas a poder usar ninguno de los dos brazos por meses. No vas a poder lavarte. No vas a poder moverte”.
Le dije: “Haga los dos”.
Hicimos los dos, y volví a ser como un recién nacido. Me tenían que dar de comer. Me tenían que bañar. Ni siquiera podía ir al baño solo, me tenían que limpiar. Mi hermana fue una auténtica heroína. Fue mi enfermera por meses.
Si pasaba una mosca y se te ponía en la nariz, no podía hacer nada, tenía que llamar a mi hermana para que me la quitara.
Finalmente, pude salir del pozo.
El Royal Antwerp me compró.
En verdad, me compraron antes de que pudiera volver a entrenar. Siempre les voy a estar muy agradecido. Se arriesgaron con un hombre roto.
Pero para ser honesto, fue el momento más duro de mi vida. Me fui a Bélgica todavía con las vendas, sin saber hablar ni inglés ni francés. Tenía que entrenarme solo, nadie hablaba conmigo. El único que se preocupó por mi era mi personal trainer, que hablaba español. Era mi único amigo. Me acuerdo de escribirle a Moisés, “Ahora entiendo todo lo que tuviste que pasar cuando te fuiste a Inglaterra. Te acuerdas de que me llamabas llorando todas las noches? Ahora el que llora soy yo, pana”.
Creo que es por eso que no has escuchado de muchos ecuatorianos en Europa hasta ahora. La soledad y el aislamiento es muy real, especialmente si no tienes algún compañero que hable en español. Tranquilamente podría haberme rendido y regresado a casa”.
Pero yo seguía repitiéndome: “No puedes dejar que la depresión te gane. Hazlo por mamá. Ella no querría verte llorando”.
Ella nunca mostraba sus emociones frente a mí. Pero después de que falleció, mis hermanas me contaron: “Cada vez que dabas un paso en el fútbol, mamá se ponía a llorar al verte progresar. Nunca lo hacía delante tuyo, pero estaba tan orgullosa”.
Esa temporada ganamos el título en Bélgica. El primero del club en 66 años. Luché desde el aislamiento hasta llegar a ser titular. Y transformé las lágrimas de dolor por lágrimas de alegría.
“Oye Mamá, ¿qué es lo que hacemos siempre? Nos das las sobras y las transformamos en un festín”.
Cuando me vendieron al Eintracht Frankfurt, supe que mi vida estaba por cambiar. Pero no me esperaba que pasara todo tan rápido. Después de una buena temporada, mi representante me dijo que el PSG quería reunirse conmigo.
Cuando escuchas PSG, ni siquiera piensas. Tomas el teléfono y empiezas a mirar vuelos. A ver, por RyanAir, ¿a qué hora sale el próximo? Allez. Vamos.
Luis Campos me invitó a una cena secreta en Madrid, en un restaurante subterráneo, como en las películas. Después de cinco minutos, me dijo: “Espera que alguien quiere hablar contigo”.
Y puso a Luis Enrique por FaceTime.
Fue muy chévere. Luis Enrique tiene algo especial. Un aura, supongo. Para mí, él es la clave de todo lo que ha logrado el PSG. Y lo digo como hombre, no como futbolista. Él no es de hablar mucho, pero cuando lo hace, uno siente que te entiende como persona.
Para mí, con todo lo que me había tocado vivir, este es el justo el tipo de entrenador que necesitaba.
Cuando llegué me dijo: “Ve a tu propio ritmo. No sientas que tienes que demostrarle nada a nadie sólo porque te hemos fichado. Todavía tienes que desarrollarte.”
Al darme tiempo, me quitó toda la presión. Y al darme tiempo, exploté.
No me podría haber imaginado que iba a jugar de titular tan rápido.
Y nunca me hubiera esperado ganar dos Champions League en dos temporadas consecutivas.
Nunca podría haber imaginado el amor y el cariño que recibí por parte de los hinchas.
Y pasó de “¿El 51? ¿Quién es el 51?”
A “PACHO! PACHO! PACHO!”
Para mí, con todo lo que me había tocado vivir, este es el justo el tipo de entrenador que necesitaba.
Cuando llegué me dijo: “Ve a tu propio ritmo. No sientas que tienes que demostrarle nada a nadie sólo porque te hemos fichado. Todavía tienes que desarrollarte.”
Al darme tiempo, me quitó toda la presión. Y al darme tiempo, exploté.
No me podría haber imaginado que iba a jugar de titular tan rápido.
Y nunca me hubiera esperado ganar dos Champions League en dos temporadas consecutivas.
Nunca podría haber imaginado el amor y el cariño que recibí por parte de los hinchas.
Y pasó de “¿El 51? ¿Quién es el 51?”
A “PACHO! PACHO! PACHO!”
Ser el primer ecuatoriano en ganar una Champions League, eso sí es especial. No somos argentinos o brasileños.
Antes, nadie nos conocía. Nadie nos podía encontrar en un mapa.
Ahora empezaron a entender nuestra calidad.
No sólo por mí, pero por compas como Moisés y Piero, y por supuesto Antonio Valencia, que fue un referente para todos nosotros.
Me pregunto siempre: “¿Por qué nosotros?”
¿Cómo es que lo logramos? ¿Cómo somos nosotros los que estamos jugando un Mundial, cuando tantos jugadores talentosos que vi crecer nunca llegaron?
Ni siquiera tengo una respuesta. Sólo tengo gratitud para todos los entrenadores que me ayudaron, y para mi familia. Principalmente, para mi madre.
A ella le quiero hablar ahora. Sólo a ella...
Mamá,
Gracias por enseñarme a bailar bachata. Gracias por enseñarme el valor de las sobras. Gracias por haberle dado siempre a todos una buena cortada.
Gracias por comprarme mis primeros zapatos de fútbol. Gracias por no interesarte para nada en el fútbol.
Gracias por ser mi mamá.
Nunca pude tener una foto final contigo. Pero tengo una imagen mucho mejor en mi cabeza, y la veo todos los días.
Soy un niño. Tú también eres joven. Estamos bailando juntos la bachatica.
Uno dos tres, uno dos tres.
Miro para arriba y te veo sonriéndome.
Finalmente lo logré.
Es mejor que una foto. Es un recuerdo. Es eterno.
Tu hijo,
Willian

