Cómo Jugamos Béisbol En Puerto Rico

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Eran aproximadamente las 10:30PM, definitivamente no era la hora del día en la que uno visita normalmente un museo. Fui directamente al museo luego de haber jugado esa noche en Pittsburgh. Yo había llamado durante el día, hablé con el encargado y le dije que quería visitar el museo esa noche. Él me dijo que estaría cerrado, pero le expliqué mis razones para querer visitarlo. Me dijo que lo abriría para mí.  

El museo quedaba en una vieja estación de bomberos. Cuando llegamos, estaba oscuro adentro, pero las luces iluminaban fuertemente la memorabilia. Éramos las únicas personas dentro del edificio. Fue un “tour” privado — solo el encargado del museo, mi esposa y yo.  

Siendo yo un jugador puertorriqueño en las Grandes Ligas, visitar el Museo Roberto Clemente fue para mí, un sueño hecho realidad. 

Normalmente no te permiten tocar las cosas dentro de un museo, pero el encargado nos dejó hacer todo lo que quisimos. Pude tocar los ganchos Rawlings que Clemente usó cuando corría las bolas en el ¨right field¨. Pude tocar los bates que usó para dar algunos de sus 3,000 ¨hits¨. Pude pasar mis dedos a través de las costuras del número 21 de un ¨jersey¨ que usó en algún juego. 

Jamás me había sentido tan cerca de mi héroe como me sentí esa noche. 

Es difícil explicar lo que Roberto Clemente significa para Puerto Rico. No conozco palabra alguna que pueda describir su impacto. Era un ídolo.

Por ejemplo, cuando eres niño en Puerto Rico y coges la clase de historia en la escuela intermedia, aprendes sobre la política puertorriqueña y el gobierno. Aprendes sobre Cristóbal Colón. Aprendes sobre la Guerra-Hispanoamericana. Aprendes sobre el Tratado de Paris.

Aprendes sobre Roberto Clemente.

No solamente aprendes sobre el jugador que fue, aunque también aprendes de eso, pero aprendes sobre el hombre que fue y todo lo que él representaba.  

Así de importante es él para la cultura de nuestra isla.

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Mientras crecía en Manatí, Puerto Rico, yo llegaba a casa de la escuela, hacia mis asignaciones y luego me iba afuera a dar una vuelta por los lugares donde los muchachos de mi barrio jugaban béisbol en la calle. Usábamos como bate un palo de escoba y hacíamos una bola con rollos de ¨tape¨. Con el ¨tape¨ que nos sobraba, hacíamos un cuadro en la pared. Cuando estabas lanzando, si le dabas al cuadro, era un ¨strike¨. Hacíamos las bases con lo que conseguíamos, una caja de cartón o la camisa de alguien.  

Siempre jugábamos afuera. No teníamos PlayStation ni juegos de video. En Navidad soñábamos con recibir cosas como esas. Cada Navidad yo le decía a mi mamá: “Mami, quiero que Santa me traiga un juego de video este año”. 

Pero cuando Santa llegaba, siempre traía cosas para hacer deportes. Una bola de baloncesto. Una bola de voleibol. Un par de ganchos de béisbol nuevos.  

Santa nunca trajo electrónicos.

Recuerdo cuando tenía cinco años y Santa me trajo mi primer guante de béisbol. Me sentaba en las escaleras al frente de mi casa todas las tardes con mi guante y esperaba a que mi papá llegara a casa del trabajo para hacernos tiradas y jugar en la calle o en el patio. Mi papá jugaba béisbol aficionado en Puerto Rico. Mis tíos y mi hermano también. El béisbol corre en mi familia, al igual que corre en la sangre de muchos puertorriqueños.

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Mi hermano, Nino, es cinco años mayor que yo. Siempre jugábamos pelota juntos, pero según él fue creciendo, empezó a jugar con muchachos más grandes y a hacer lo mismo que los muchachos de su edad hacían. Ya sabes, él se volvió demasiado “cool” para andar con su hermanito. Así que cuando yo no lograba que él jugara conmigo ni encontraba muchachos en la calle con quien jugar, cosa que era rara, cogía un saco de bolas, mi bate y mi guante y caminaba al parque de pelota que me quedaba como a 30 minutos de la casa y jugaba solo. Me paraba en el “home plate”, yo mismo me tiraba las bolas y las bateaba. Después me iba al “field” las cogía y las tiraba a “home” como si estuviera sacando corredores de “out”. 

Yo pasaba horas en esas. Lo hacía hasta que se hiciera de noche o hasta que me cansara, lo que pasara primero.  

Usualmente, se hacía de noche primero.  

Cuando yo me criaba teníamos buena representación de puertorriqueños en las mayores y la gran mayoría de ellos tenían algo en común, y es que eran buenos en todo dentro del terreno de juego. Para ser un pelotero puertorriqueño tenías que ser un jugador completo.

El béisbol corre en mi familia, al igual que corre en la sangre de muchos puertorriqueños.

Teníamos peloteros como Iván Rodríguez, que era un bateador de poder, pero siendo cátcher, también los sacaba de ¨out¨. Roberto Alomar tenía tremendo guante, buen brazo y era excelente bateador. Bernie Williams corría, defendía y bateaba tanto para poder, como para promedio, de ambos lados del plato. No había nada dentro del terreno que Bernie no hiciera. Nosotros veíamos a Juan González, Carlos Delgado y a Edgar Martínez, eran nuestros ídolos y, como niños, copiábamos su manera de jugar. Queríamos ser buenos en todo. Queríamos ser rápidos, desarrollar buen brazo, ser los mejores bateadores, trabajar la defensa y los fundamentos. Eso es lo que significaba ser un jugador puertorriqueño y así fue como todos aprendimos a jugar el juego. 

Todo esto viene de un solo hombre: Roberto Clemente. Así fue como él jugó el juego. Y, aunque nunca pude verlo jugar, leía sobre él y aprendí sobre él siendo un niño, al igual que todos los niños puertorriqueños. Estudié sobre él, le preguntaba a mis maestras y a los demás adultos sobre él. Para cuando llegué a las mayores en el 1998, Roberto Clemente y su legado se habían convertido en una gran parte de mi vida y de mi motivación. 

Después, como jugador profesional, llegué a estar más cerca de mi ídolo de lo que jamás imaginé.

***

En AT&T Park en San Francisco, justo cuando entras al “clubhouse”, hay un saloncito a la derecha. La puerta siempre está abierta y, casi todos los días, encontraba a Willie Mays y a Willie McCovey sentados juntos, hablando.  

Si me conoces, aunque sea un poco, sabes que siempre estoy haciendo preguntas tratando de aprender y de conocer diferentes perspectivas… y estos caballos son leyendas. Así que cuando me cambiaron para los Gigantes en el 2011 y empecé a verlos en ese saloncito todos los días, me aseguraba de parar y sentarme con ellos por 10 o 15 minutitos cada vez que podía, solo para hablarles y aprender.  

Hablábamos de pelota, de bateo. Hablábamos del racismo y de cómo era el béisbol para los negros y los latinos cuando ellos jugaban. Yo demostraba mi agradecimiento por todo lo que pasaron y por cómo nos abrieron las puertas a jugadores, que al igual que yo, vinimos después de su época.

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Un día les pregunté sobre Roberto Clemente. 

Clemente murió cuatro años antes de que yo naciera. Nunca lo vi jugar. Todo lo que sé de él lo aprendí escuchando historias y leyendo sobre él. 

Pero estos hombres jugaron en su contra. Estuvieron en el terreno con él y jugaron en Juegos de Estrellas con él. Ellos lo conocían. 

Nunca me voy a olvidar de lo que dijo Willie Mays. 

“Él era el jugador perfecto”. 

Dijo que Clemente era el mejor jugador que jamás había visto. Me dijo que Clemente podía hacerlo todo dentro del terreno, que jugaba fuerte, con mucha pasión y que trataba de ser perfecto en todo lo que hacía.

Fueron cosas que ya yo sabía. Había escuchado esas palabras anteriormente muchas veces, pero este era Willie Mays, uno de los mejores en la historia, y ¿él estaba diciendo que Roberto Clemente era el mejor jugador que jamás había visto?

Wow… escuchar eso fue brutal. Sentí tanto orgullo. 

Cuando escuchas algo así, puedes entender como jugadores como Bernie Williams, Iván Rodríguez y Roberto Alomar aprendieron a jugar como lo hacían. Ellos estaban siguiendo la tradición de cómo se juega el béisbol en Puerto Rico, una tradición creada por generaciones que vinieron antes que ellos, liderados por Roberto Clemente.  

Para aprender de verdad sobre el hombre dentro del terreno le pregunte a Willie Mays, alguien que sabe mejor que nadie como él era ya que fueron compañeros de juego. Pero para aprender de verdad sobre el hombre fuera del terreno, y es que no se si hay otro jugador en el mundo ni en ningún otro deporte que sea más reconocido por su trabajo fuera del terreno que Roberto Clemente, decidí preguntarle a la persona que mejor lo conocía fuera del terreno.  

Su esposa, Vera Clemente.

Un buen amigo me puso en contacto con Vera y, un día, guiamos hasta su casa para conversar sobre Roberto. Pasé horas sentado en su casa haciéndole preguntas sobre qué tipo de hombre era Roberto, cuáles eran sus preocupaciones y como él manejaba distintas situaciones. 

Igual que la noche que visité el museo, jamás me había sentido tan cerca de mi héroe. Mientras hablaba con Vera esa noche, era como hablar con Roberto.  

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Hablamos de cómo defendió los derechos de los peloteros en un momento en el que había discrimen en contra de los jugadores latinos. Hablamos de cómo su inglés no era muy bueno cuando llegó a Pittsburgh y cómo no permitió que eso le afectara. Él siempre exigió respeto. Hablamos de cómo, igual que hizo Jackie Robinson por los jugadores negros, el ayudó a romper esas barreras y a abrirles camino a los jugadores latinos en las Grandes Ligas.  

Hablamos del día de su muerte. Era víspera de Año Nuevo, una fecha que normalmente uno pasa junto a la familia y él estaba montándose en un avión para llevar ayuda a Nicaragua que acababa de ser impactada por un terremoto. Roberto quiso estar en el avión para asegurarse de que la ayuda llegara a las personas que realmente la necesitaran.

Vera me dijo que le pidió que no fuera, que esperara hasta el próximo día y que pasara la despedida de año en casa, en Puerto Rico con la familia. Roberto dijo que no, que la gente de Nicaragua lo necesitaba y que esas personas no podían esperar un día más. Se fue ese mismo día.  

Aún hoy en día, no hay nadie más querido por nosotros que Roberto Clemente. Puede haber muerto, pero sigue vivo en el corazón de todos los puertorriqueños.

Hablamos de cómo fue ese día en Puerto Rico cuando se supo la noticia de que el avión en el que iba Roberto se había estrellado, cuando la gente supo que Roberto había muerto.  

Fue como un silencio que arropó la isla. La gente estaba en “shock”. Él era un héroe. Él era ese increíble jugador que representaba a Puerto Rico en América, era súper bondadoso, no nada más en Puerto Rico, sino en todo el Caribe. Pasaba sus ¨off season” llevando equipo de béisbol a niños y comida a los necesitados. Fue un pionero en las mayores que ayudó a abrirle la puerta a otros jugadores latinos.  

Nadie era tan importante en Puerto Rico como Roberto Clemente.  

Así que cuando murió, fue simplemente un vacío. Fue como si cada familia puertorriqueña hubiera perdido a su propio hijo esa madrugada. 

Nosotros los puertorriqueños amamos a nuestros héroes. Y, aún hoy en día, no hay nadie más querido por nosotros que Roberto Clemente. Puede haber muerto, pero sigue vivo en el corazón de todos los puertorriqueños.  

***

Como un jugador puertorriqueño en las Grandes Ligas, siento que tengo una responsabilidad doble. Tengo la responsabilidad de representar la organización con la que juego y la responsabilidad de representar a Puerto Rico. Sé que cada vez que salgo al terreno y hago buen trabajo, mi gente en Puerto Rico se siente feliz. Nosotros, los jugadores puertorriqueños sabemos que le traemos alegría a nuestra isla con lo que hacemos. 

He tenido la oportunidad de jugar profesionalmente por los pasados 19 años y estoy orgulloso de mis logros. Pero cada vez que hago algo fuera del terreno y dentro de mi comunidad que para mí es importante, como darle becas a estudiantes de mi academia para que vayan a la universidad, eso es lo que más me llena. Por eso es que, no importa lo que logre dentro del terreno, recibir el Premio Roberto Clemente en el 2013 siempre será mi mayor logro y honor. Porque no es solo lo que haces dentro del terreno de juego, es reconocer el impacto positivo que se tiene fuera del terreno. Eso es lo que representa Roberto Clemente.  

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Hay una nueva generación de jugadores puertorriqueños en las Grandes Ligas, muchachos como Carlos Correa, Francisco Lindor, Javier Báez y José Berríos. Yo estoy feliz de ver lo que están haciendo porque son el futuro del béisbol, pero también son el futuro de Puerto Rico. 

Algunos de ellos llegarán a los 3,000 “hits” como Roberto Clemente. Conectarán más jonrones y ganarán más juegos, quizás hasta rompan los récords de Clemente. Pero, al final del día, cuando tiene que ver con el impacto positivo fuera del terreno, que es lo que de verdad importa, Roberto Clemente siempre será el número uno en Puerto Rico. El resto de nosotros solo estamos jugando para llegar a un segundo lugar.

You can read this article in English here.

carlossig

How We Play Baseball in Puerto Rico

We love our heroes in Puerto Rico. We hold them very close to us. And even today, there is nobody we hold closer than Roberto Clemente. He may have died, but his soul is still alive in all Puerto Ricans.

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