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El Padrino

Aug 16 2018
Aug 16 2018

Quiero contarles sobre alguien que significa mucho para mí. Esto puede sonar chistoso, pero él es básicamente una mezcla entre El Padrino y un superhéroe. Y digo El Padrino porque tiene su presencia: siempre serio, todo negocios… cuando entra a un lugar, la gente guarda silencio.

Y digo superhéroe porque algunos años atrás él hizo algo increíble. Algo que perdura y se ha quedado conmigo hasta ahora.

Él no levantó un automóvil por encima de su cabeza, pero hombre, estuvo bastante cerca.

Allá por los 60’s, él vivía con su novia en un rancho, en México. No había trabajo en ese lugar así que, un día, cuando tenía 17 años, decidió irse a los Estados Unidos como parte de un programa de trabajadores temporales. Cuando el programa terminó un año después, él comenzó a pagarle a alguien para que lo cruzara por la frontera. Regularmente regresaba a México con lo que había ganado, pero no era mucho – a veces apenas lo suficiente para pagarle al coyote. Un tiempo después, cuando tenía veinte años, él se casa, y consigue los papeles para mudarse con su joven familia a California. Así que ahora debería ganar mucho más dinero, ¿cierto?

El problema fue que no tenía ni un centavo. No tenía un ingreso constante. No tenía una educación apropiada. Inclusive, él apenas sabía hablar inglés.

Así que él comenzó a trabajar en una fábrica de conservas de pescado. De ahí, él y su mujer se mudaron a un viejo parque de casas rodantes y empezaron a recoger fresas en un campo cerca de ahí, trabajando sin descanso, en el sol y en el barro. Horrible trabajo. Pero ellos seguían quebrados.

Y ahora tenían siete hijos.

Un día este hombre enloquece – o al menos eso parece. Está paseando, viendo aparadores con su esposa cuando se encuentran todas estas camas y mesas y armarios hermosos. Él voltea hacia ella y le dice “¿Te gustan esos muebles? Bueno, un día los conseguiré para ti.”

Ella lo mira como si él hubiera perdido la cabeza. Después se enoja.

“¿Para qué me dices eso?” le dice. “¿Para molestarme? Bien sabes que no puedes pagar ninguna de esas cosas.”

Courtesy of Mikey Garcia

Y tiene razón, por supuesto. Este hombre no tiene nada. Bueno, excepto por una cosa: el boxeo. Él era un boxeador amateur allá en México, y había estado yendo a un gimnasio local, tratando de encontrar trabajo como entrenador. Hay veces en que ni siquiera se molestaba en regresar a casa – él va directo de los campos de fresas al gimnasio. Y de alguna forma… de algún modo él comenzó a trabajar con algunos peleadores. Parece que él sabe lo que hace, porque algunos de ellos se vuelven buenos. Bastante buenos. Algunos se vuelven famosos incluso.

Con el tiempo, él es capaz de mudar a su familia fuera del parque de casas rodantes a una casa decente. Pero nunca menciona la promesa que hizo. Para el 2000, dos de sus boxeadores se han convertido en campeones mundiales. Ahora tiene suficiente dinero para comprar una flamante casa nueva con cinco habitaciones. Él y su esposa la miran ser construida en el viejo campo de fresas donde solían trabajar. Eligen los muebles – todos nuevos y lujosos. Cuando llegan, su esposa abre la puerta y los mira…Y él menciona la historia.

“¿Recuerdas la promesa que te hice años atrás?” le dice. “¿Las camas? ¿Las mesas? Yo te hice una promesa. Aquí lo tienes. Esto es para ti.”

Ella empieza a llorar.

Ese fue un momento maravilloso. Lo recuerdo…porque yo estuve ahí.

Ese hombre era mi padre.

Debía de tener 13 o 14 años. Nací en un parque para casas rodantes, en Oxnard. El menor de siete hijos. Nos mudamos cuando tenía un año. Éramos extremadamente pobres, pero mi padre nunca nos dijo qué tan mal estaba el asunto. Sólo después de algunos años yo entendí qué tan duro había tenido que trabajar por nosotros. Así que cuando le compró esos muebles a mi mamá, me sentí muy orgulloso. Fue como pensar “Carajo. Mi papá es un cabrón.”

Me pongo…Yo me pongo sentimental solo de pensar en eso.

Para mí, mi padre, Eduardo, es la prueba viviente del sueño americano. La gente lo conoce hoy en día como el hombre que entrenó a Fernando Vargas para ganar los títulos mundiales de la IBF y la WBA y a mi hermano Robert para ganar un título mundial de la IBF también. La gente lo conoce, también, como mi entrenador. Pero más allá del boxeo y eso, lo que mi padre ha mostrado es que uno puede lograr lo que sea – sin importar quién eres o de dónde vienes. Cuando comencé a soñar sobre lo que yo quería hacer en la vida, supe que no había límites.

Courtesy of Mikey Garcia

Ahora, el camino natural para mí era claramente convertirme en boxeador, como mi papá y mi hermano. Pero yo no quería eso. No me interesaba en lo más mínimo.

De hecho, si me hubieras preguntado lo que quería hacer para vivir, te hubiera dicho que me convertiría en un abogado o en oficial de policía. Supongo que yo solo estaba atraído por la idea de la autoridad. Traté de evitar el boxeo por todos los medios – y era un poco desafiante al respecto. Pero un día, el deporte me encontró.

Tenía 13 años. Íbamos a ver a mi primo, Javier, pelear en Reseda. Yo sólo iba a apoyarlo, pero uno de los chicos en el gimnasio no tenía oponente. Así que Robert me inscribió.

Él dijo: “Hermano, subirás al ring.” Y yo fui como “Está bien.”

Por supuesto, Yo había crecido viendo a mi papá entrenar a Fernando y a Robert, así que sabía lo básico. Tomé prestado equipo: zapatos, concha, careta – de todo – pero como no tenía licencia para competir, solo peleamos tres rounds de exhibición. Y me gustó. Me gustó ese uno contra uno. No lo hice tan mal, tenía lo mío. Y después de todo, quería otra probada.

Seis meses después tuve mi primera pelea oficial amateur. Gané. Gané mis primeras 10 peleas. En 2003 llegué a la final de los nacionales de boxeo junior olímpico en los 50 kg. Perdí en decisión dividida 3-2 pero, de todas formas, plata no era nada malo. Pronto managers y promotores empezaron a mostrar interés en mí. Gané algunos torneos, y un día, cuando tenía 18 años, decidí hacerme profesional.

Pero también quería tener un respaldo. ¿Recuerdas el asunto sobre querer ser policía? Bueno, no estaba bromeando. Después de la universidad, fui a la Police and Sheriff’s Reserve Academy de Ventura County.

Aprendí un montón sobre vigilancia, sobre leer a las personas poniendo atención a los detalles. Y mucho de eso se relaciona directamente con el boxeo. Pararte en la posición correcta. Mantener la guardia arriba. Acercarte desde el ángulo adecuado. Tener una estrategia de salida. Cosas por el estilo.

Cuando me gradué en el 2010, yo apliqué para la oficina del Sheriff en el condado de Ventura. Pero después mi carrera de boxeo despegó. Estaba teniendo peleas más grandes – y mejor paga de la que tendría como policía novato. Y ahí fue cuando me di cuenta, ¿Sabes qué? Boxear podría ser mi trabajo. No un sueño. No un hobby. Un trabajo.

Quiero hacer esa diferencia – que el boxeo es mi trabajo – porque la verdad es que no me importan los títulos. Ni siquiera cuando gané el título mundial peso pluma de la WBO en enero del 2013. Se trataba del dinero. Acababa de tener a mi segundo hijo, y quería proveer para mi familia. Eso fue lo que mi padre me enseñó: trabaja duro y haz lo posible para que tus hijos tengan una vida mejor. Sigo haciendo eso. Tal vez un día, mis hijos también podrán decir lo mismo que yo: “Sí, mi papá, es extraordinario.”

Hunter Martin/Getty Images

Mi papá tiene 73 años, ya su cabeza cubierta de pelo blanco. Él no se ve como se veía cuando entrenaba campeones mundiales, pero aún tiene esa aura. En el gimnasio, la gente lo llama “Big G”. Se nota cuando no está porque todos están más relajados. Pero cuando sí está, las personas se esfuerzan, mejoran. Trabajan más duro. No hay tiempo que perder. Por eso digo que él es como El Padrino.

Mi padre era mi entrenador. Él y yo íbamos bien en el 2013, pero a principios de 2014 tuvimos que dejar todo de lado. El contrato con mi promotor, Top Rank, estaba llegando a su fin, pero Top Rank decía que nuestro arreglo aún estaba en pie. No estábamos de acuerdo. Lo llevamos a nuestros abogados, y nos dijeron que nosotros teníamos razón. El litigio fue tan tedioso que nos tomó dos años para llegar a un acuerdo en la corte.

Durante ese periodo, yo no tuve peleas. Otros promotores estaban asustados porque no querían involucrarse en mi disputa. Las cadenas de televisión temían lo mismo. Yo estaba atorado. Pero al menos podía trabajar, digo, trabajar de alguna forma, como abogado.

Porque no estaba de vacaciones. Estuve tratando con abogados cuatro días a la semana. Les ayudaba haciendo borradores de cartas, con el lenguaje boxístico, cosas así. Me decían: “Deberías ir a la universidad, hombre. Eres bueno.”

De algún modo, todo el tiempo perdido terminó convirtiéndose en una bendición. Porque si hubiera seguido boxeando – O.K., tal vez tendría más logros. Hubiera tenido más títulos, tendría más dinero. Da igual. Ahora tengo mayor control sobre mi carrera. Entiendo las complicaciones alrededor del ámbito, sé lo que hago. Y mira, puede ser que me hubiera aburrido del boxeo de todas formas. Pude haber dicho: “Eh, es suficiente. Se terminó.”

Pero en lugar de eso, cuando regresé en el verano de 2016, estaba ansioso. Quería pelear. Quería títulos. Ya ni siquiera se trataba del dinero. Solo quería probarle a todo el mundo que soy el mejor peleador. Y había una cosa en especial que quería hacer. Verás, mi papá había ganado ya tres campeonatos mundiales con tres peleadores en tres divisiones. Pero nunca había ganado un campeonato mundial de la WBC. Así que resolví conseguirlo por él.

En enero de 2017, en sólo mi segundo combate después de mi periodo de suspensión, peleé con Dejan Zlatičanin por el título mundial de peso ligero de la WBC. Mi padre, como lo hace usualmente, trató de encontrar pequeños defectos que pudiera corregir mientras yo entrenaba para la pelea. Siempre está preocupado de que no estoy haciendo lo suficiente. Puedo pasar 12 rounds brutales, pero si no estoy muerto después de eso, piensa que no estoy trabajando lo suficiente. Lo contrario es cierto: estoy en excelente condición. Pero él siempre me presiona para que haga más.

Y aquí hay otra cosa: cuando se acerca una pelea, mi papá cambia. Puedo sentirlo, mis hermanos también. Mi padre, El Padrino, el superhéroe…se pone nervioso.

Mi padre, El Padrino, el superhéroe…se pone nervioso.

Y, particularmente, le sucedió eso en mi pelea con Dejan. Había demasiadas inseguridades. ¿Sería el mismo boxeador que era en el 2013, cuando sonara la campana? ¿Estaría oxidado? Dejan era un campeón invicto. ¿Podría vencerlo? Yo estaba peleando en una clase más pesada. ¿Podría manejarlo?

Me sentía bien. Yo estaba como, “Papá, vamos, todo estará bien.” No sé de dónde venía eso, la confianza, la calma. Tal vez era porque crecí con el boxeo. La campana, las luces, el calor, la gente, la música…han sido parte de mi vida desde mi infancia. Nada me sorprende. Nada me asusta. Nada me abruma. Nunca estoy enojado arriba del ring, nunca me estreso. Y eso es importante, porque ese control emocional me ayuda a poner atención a los detalles. Si estás estresado, no puedes hacer eso. Pero yo sí puedo.

Leo el lenguaje corporal de mi oponente: sus hombros, brazos, piernas, pies, ojos…especialmente sus ojos. Los ojos te dicen muchísimo. Y la respiración. ¿Qué tan pesado está respirando? ¿Me está empujando, o sólo está descansando? ¿Qué golpe daré, cuándo lo conectaré? ¿Cómo lo conectaré? ¿A qué distancia debo mantenerme de él? Todo está pasando demasiado rápido.

Pero siempre estoy en control. Y contra Dejan, bueno…Lo noqueé en el tercer round. Me trajeron el cinturón de la WBC. Yo estaba contentísimo cuando finalmente puse mis manos en él. Pero lo que lo hizo tan especial fue que lo había ganado para mi padre. Me recuerdo abrazándolo. Un gran abrazo.

Le dije: “Aquí lo tienes. Esto es para ti.”

Ethan Miller/Getty Images

En marzo, me convertí en campeón mundial en una cuarta clase al ganar el título mundial superligero de la IBF. Como sabes, pronto enfrentaré a Robert Easter Jr. para defender mi título en peso ligero. Pero hay otra pelea a final de año que me mantiene más atento. Si todo va bien contra Robert, quiero retar por la corona mundial en peso welter de la IBF. El campeón invicto es Errol Spence Jr. – grande, rápido, un peleador peligroso. Todos me dicen que no tome esa pelea. Todos. Incluso mi papá y mi hermano. “No la tomes ahora”, dicen. “Vamos primero por los otros peleadores. Ni siquiera tienes porque cambiarte a peso welter. Puedes enfrentarte a peleadores en 63 o 65 kg, donde te sientes un poco más cómodo.”

Pero eso no me entusiasma. Quiero al tipo más duro, y sucede que él está en peso welter. Estoy mejor que nunca. Estoy en mi momento. Y porque todos dicen que no, eso me motiva mucho más a hacerlo.

Además, esas son las peleas que asentarán mi nombre en la historia del boxeo. Otros peleadores ganan títulos, y luego sólo los defienden. ¿Cuál es el punto en eso?, los campeones que recordamos son los que toman riesgos, que aceptan los desafíos más grandes, las peleas más épicas. Hay un montón de campeones mundiales, pero la persona promedio probablemente solo puede nombrar cinco o seis: Ali, Tyson, De la Hoya, Mayweather, Pacquiao… así que, ¿qué de bueno hay en tener un título colgando en la pared si el mundo no te reconoce como campeón mundial? Para mí eso no es ser un campeón mundial. Ser uno de verdad es cuando el mundo te admira y dice que tú eres un campeón mundial.

Es por eso que quiero tomar la pelea. Y cuando la gane, pienso que el mundo entero será como “Wow, esto no es una broma. Este chico realmente es el mejor del planeta.”

Con respecto a mi papá, seguro estará mucho más orgulloso. Él siempre ha dicho que quiere un campeón de tres divisiones en su familia. Le di el tercer título. Luego le di el cuarto. Ahora le daré el quinto, en una división en la que él dice que yo no debería competir siquiera. Y cuando se lo dé, voy a pensar en todo lo que hizo por nosotros, años atrás. Y luego le diré esas palabras otra vez: “Aquí lo tienes. Esto es para ti.”