
Para la gente de la República Dominicana
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Querida República Dominicana,
Te escribo esto con todo el corazón.
Ponerme la camiseta de República Dominicana y jugar con nuestra selección en el Clásico Mundial de Béisbol es uno de los logros que más me llena de orgullo en mi vida.
Solo el hecho de tener la oportunidad de representar a mi país —de representarlos a ustedes— frente al mundo entero es algo difícil de explicar con palabras. Se siente distinto, es algo que llega más profundo. Si te criaste en República Dominicana, entonces sabes a lo que me refiero, porque para nosotros esto no es simplemente un juego. La pelota… es parte de lo que somos.
Llevamos la pelota en la sangre.
Lo sé tan bien como cualquiera. Cuando era niño, yo veía a algunos de los mejores atletas del mundo en el Estadio Quisqueya pegar jonrones de larga distancia y hacer atrapadas espectaculares en el outfield. Los veía dándolo todo, llenos de emoción y pasión, en el diamante de béisbol. Trabajando juntos. Como hermanos.
En las noches, cuando me acostaba en mi cama, cerraba los ojos y me veía a mí mismo ganando el campeonato de la invernal. Veía a la multitud y escuchaba a los músicos y las bandas tocando sus tambores y trompetas. Veía la bandera, nuestra bandera, ondeando en cada rincón hacia donde mirara. Los cantos y las ovaciones de la afición resonaban en mis oídos; podía escucharlos como si fuesen reales.
Y me veía metiendo una línea sólida por el mismo medio del gap. La gente voceando y gritando, brincando de un lado a otro. Podía ver eso cada vez que cerraba los ojos. Pero también… tuve fe.
Tuve fe en que algún día yo también podría ser grande. Porque los que estaban a mi alrededor me enseñaron el camino.
Todo empezó a finales de los 60 con mi abuelo, Fernando Antonio Tatis, fajándose en el sistema de los Astros de Houston hasta llegar a Triple-A. Él le pasó esa pasión a mi padre, Fernando Tatis Sr., quien llegó a las Grandes Ligas y puso el apellido de nuestra familia en los libros de récords en una noche de locura de 1999, con dos grand slams en la misma entrada (¡sigue siendo el único en la historia en lograrlo!). El arduo trabajo y entrega de mi papá en el terreno fueron el ejemplo para mí y mis hermanos Elijah y Daniel; y cada uno de nosotros eligió llevar el número 23, igualitico que nuestro papá. Generación tras generación viviendo por el amor a la pelota.
Eso es la pelota dominicana.
Mis sueños de jugar pelota profesional empezaron temprano, allá en San Pedro de Macorís, cuando apenas tenía ocho años.
Me acuerdo del primer play donde jugué en mi pueblo. El cuadro estaba lleno de piedras. Había muchísimas piedrecitas, pero también, en algunas partes, unas rocas bien grandes. Como quiera, yo me tiraba en segunda. Siempre. Siempre jugaba con demasiada energía. Con mucho fuego.
Mis amigos y yo llevábamos las rodillas peladas y los codos morados como si fueran medallas de honor. Eran la prueba de que nuestros sueños de ser peloteros profesionales seguían más vivos que nunca.
Para nosotros se trataba de jugar con emoción y pasión al máximo nivel. Y desde el principio, siempre sentí que estaba llevando mi cultura al juego con una forma de jugar que es única de nosotros como dominicanos. La algarabía de nuestra música, nuestras canciones, la energía con la que bailamos, cómo sentimos el ritmo, la comida que hay en cualquier lado que miremos y que siempre está preparada no solo con el mejor sazón, sino también con amor.
Siento que todo eso se reflejó en cómo jugaba al béisbol, incluso cuando era niño.
En ese entonces, mis días siempre empezaban yendo por la mañana a la escuela —porque mi papá se encargaba de que yo no faltara a clase y tuviera una buena educación— y después, largas tardes corriendo las bases con mis primos. En campos de tierra, sin equipos de lujo, simplemente con las ganas de seguir jugando. Jugábamos con una energía increíble, tirándonos de cabeza por cada línea.
Para mis amigos y para mí, el béisbol lo era todo. Siempre estábamos soñando con el juego y pensando a dónde podía llevarnos.
Tuve la suerte de ver esos sueños de cerquita, de estar metido en los clubhouses de Grandes Ligas o tomando algunos rodados de un ‘All-Star’ como Robinson Canó. Yo veía a mi papá darle la vuelta a las bases con una sonrisa de oreja a oreja y a la fanaticada volviéndose loca, y me decía a mí mismo: “Ese voy a ser yo algún día.” Sabía que era bendecido por haberme criado con un amor tan profundo por la pelota, y la única forma que conocía de honrar el juego era seguir jugando mejor, dándolo todo en el terreno y jugando con esa alegría y esa emoción que es difícil de encontrar en cualquier otro lugar que no sean los plays de barrio allá en RD.
Ese tipo de pelota — nuestra pelota — es algo único. No es cualquier cosa. No es algo callado. Es un pueblo entero que se paraliza para ver un juego. Es el merengue típico sonando a todo volumen en las radios entre cada entrada. Son los muchachos jugando hasta que el sol baja tanto que ya no ven la pelota… y después quedándose hasta tarde discutiendo sobre quién tiene el mejor swing. Es esa sensación única de que, cuando tienes un bate en las manos, lo que tienes en realidad es la esperanza. Sammy Sosa, Pedro Martínez, David Ortiz, Hanley Ramírez, José Reyes y tantos otros... Esos héroes no solo jugaron pelota; ellos cargaron con los sueños de nuestro país y con la belleza de nuestra cultura. Con un solo swing, ellos podían levantar a un país entero.
Esto no es simplemente deporte. Es lo que somos. Es nuestra forma de superar los malos tiempos y nuestra manera de celebrar los buenos. La pelota es el ritmo de nuestras vidas.
Ahora, después de una gran victoria, la prensa me pregunta a menudo de dónde viene mi pasión por el juego... de dónde viene ese perreo, los bailitos en la cueva y ese empeño constante por buscar siempre el batazo clave. La respuesta es fácil... viene de ustedes, de la República Dominicana.
De mi mamá saqué la alegría y la chispa; de mi papá, el respeto y el hábito de fajarse. Sin duda alguna, nuestro país me hizo quien soy, tanto dentro como fuera del terreno.
Jugar en el Clásico Mundial de Béisbol ha hecho que todo eso salga a flote. Estoy sintiendo cosas que nunca antes había sentido —y creo que eso ha desbloqueado otro nivel en mi juego. Más que nunca, estoy pensando en los muchachos de San Pedro, La Romana y Santo Domingo; en todos allá en mi tierra que están persiguiendo sus sueños así mismo como lo hice yo. No veo la hora de ver lo que esa próxima generación le traerá a la pelota: cómo van a demostrar una vez más que el trabajo arduo y la determinación hacen que todo sea posible, y que los sueños todavía se hacen realidad en el diamante.
Así que, cuando me vean entrar al terreno, sepan que estoy jugando para ustedes. Juego con la alegría que me ha dado mi país y con la pasión que mi familia me ha transmitido. Juego para mostrarle al mundo de qué se trata realmente la pelota dominicana.
Con todo mi corazón,
Fernando Tatis Jr. #23

