El Milagro

Daniel Ochoa de Olza for The Players' Tribune

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Repasando un poco mi vida, diría que he tenido tres días perfectos. 

El primero fue el día en que me vino a buscar el Real Madrid.  

El segundo fue el día en que nació mi hijo Benicio.  

Y el tercero fue el día en que nació mi hijo Bautista. 

Para ese tercer día perfecto, con mi familia tuvimos que pasar por un infierno.  

Quiero contarte esa historia. No soy uno que normalmente se abre mucho. Me gusta guardarme las cosas. Pero siento que necesito contarlo, porque sé que puede ayudar a algunas personas. Especialmente a tipos como yo, que se hacen los duros y prefieren guardarse el dolor para ellos mismos. Y para que sepas, hay muchos como nosotros en Sudamérica.  

Pero para contártela bien, tenemos que empezar desde el principio.  

Si voy a hablarte como el hombre que soy ahora, entonces tenés que entender el niño que fui.  



En Uruguay, las cosas son simplemente diferentes. La lucha está en nuestra sangre. No me gusta decir que en mi casa éramos pobres. Prefiero decir que mi madre y mi padre eran muy trabajadores.  

Mi padre trabajaba como guardia de seguridad en el casino. Mi madre trabajaba en un local de ropa y también vendía ropa y juguetes en ferias callejeras. Todavía puedo escuchar el ruido que hacían las rueditas mientras ella empujaba un carrito enorme lleno de cajas. Parecía que era un carrito que sólo lo podía mover Hulk, pero ella iba y lo movía sola, pobrecita. Toda una guerrera. Con mucho calor, con frío, lluvia o truenos, ella iba a llegar con ese carrito a la feria.

A veces la acompañaba y me quedaba sentado arriba de un cajón, mirando los autos, sin darme cuenta de su sacrificio. La peor parte era que al final del día, mi madre tenía que doblar toda la ropa y volver a guardar todas las cosas y empujar el carrito de vuelta a casa. ¡Y después, cocinar! ¡Y lavar mis medias sucias! ¿Te imaginás? Te lo digo, mi madre es mi idola. 

Courtesy Valverde Family

Ella trabajaba desde las 8 de la mañana hasta las 7 de la tarde. Y mi papá entraba a las 8 de la noche hasta las 6 de la mañana. Podemos hacer el cálculo. Nos quedaba una hora para sentarnos todos juntos y comer un pedacito de carne entre los tres. Y lo que es increíble para mí ahora, mirando cómo estaban las cosas, es que mi madre siempre se aseguraba de que yo tuviera mi Coca. Era todo un niño mimado con la gaseosa. En España o en muchas partes de América, no les parecerá gran cosa. “Es sólo una Coca. No cuesta nada”. Pero para mí, era casi como un champagne.

Lo que ella a veces sacrificaba para que yo pudiera tener mi latita de Coca, ni siquiera lo sé. Y no sé si quiero saberlo. De niño, uno es muy inocente. Ves a tu madre que se saltea una comida y quizás pensás: “Fuaaa, ¿no tiene hambre? Qué raro, yo me muero de hambre”. 

Ahora uno entiende lo que hacía.  

Siempre que estuviéramos todos juntos en la mesa al final del día, esa era su felicidad.

Para mí, ese momento que vivíamos juntos cada noche es como yo veo a la garra. Es una mezcla de nuestro espíritu, nuestro coraje, toda nuestra cultura. Sentados todos juntos durante una hora, con ese pedacito de carne, éramos más felices que nadie.

Quizás no tenían dinero para pintar toda la casa, pero me pintaban un poquito de la pared de mi cuarto y ya se sentía como nueva. O mi papá me tiraba agua con una manguera afuera de la casa y esa era nuestra pequeña piscina. 

Eso es la garra. 

Así y todo, para ser sincero, esas circunstancias me marcaron un poco. Porque cuando empiezas a jugar al fútbol y ves que tus amigos tienen más que tú, aunque sea un poquito más, puede dar vergüenza. Me acuerdo que yo no quería que mis compañeros vinieran a mi casa porque en la televisión sólo teníamos tres canales, los que eran gratis. Nuestra tele estaba en una mesita que tenía tres ruedas. Si la llegabas a tocar, se caía toda torcida para un lado. En verano te acostabas a la noche y quizás escuchabas las cucarachas. Mi cama era apenas un colchón en el suelo. Y estaba tan mal, que si te llegabas a poner justo en el medio, te hacía un sandwich y tenías que pedir ayuda para poder salir. Jajaja. Ahora es gracioso. Pero por entonces, me daba un poco de vergüenza, sí. Ya sabes que los niños a los 11 o 12 años pueden ser jodidos. Yo creía que me iban a hinchar con cómo vivía. Así que era un niño muy tranquilo, siempre un poco cerrado. 

Canalizaba las emociones en el fútbol. Y fue a través del fútbol que pude cambiar la situación de mi familia. Lamentablemente, también me cambió un poco a mí. Cuando me convertí en profesional en Peñarol a los 16 años, me creía Dios. No sé si la gente de verdad puede entender lo que significa pasar de ser nadie a alguien que camina por la calle de tu barrio y de repente los adultos se te acercan porque quieren una foto. Recibís mensajes de chicas que la semana anterior ni siquiera te miraban. Todos quieren ser tu amigo.  

Incluso si tuviste padres como los míos, que te inculcaron los mejores valores, es imposible no desviarse un poco de la senda y agrandarse. Sobre todo para los que crecimos en la era de las redes sociales, la influencia es muy grande.

Recuerdo a mi papá diciéndome: “¿Por qué no te ves más con tal y tal? ¿Qué te pasa? ¡Este es tu amigo desde que jugaban juntos en la calle! Andá pa’llá”. 

Por cada joven futbolista que tiene éxito yéndose al exterior, no ves a los 100 que fallan.  

Fede Valverde

Pero yo había perdido el rumbo y reemplazado a muchos de los amigos con nuevos, como tantos jugadores jóvenes. 

No es que estuviera haciendo nada raro. Pero era un maleducado. Me acuerdo de ver a los niños que esperaban por un autógrafo mío detrás del tejido y yo dudar: “Ufff… ¿Me paro o voy directo pa’ casa? Hoy estoy re cansado”.

Y los niños pidiéndote: “Fede, Ey, Fede, Por favor”. 

Y quizás eran dos minutos, pero yo capaz seguía de largo. 

Me mata recordarlo, porque esa no fue la manera en la que me educaron mis padres. En verdad, yo no era nadie. Era un boludo más que jugaba al fútbol, que peleaba por sus sueños. ¿Qué le había pasado al niño que estaba contento con una Coca? 

La única manera de explicarlo es que quizás estaba cegado por la fama tan repentina.  

Allí es también cuando realmente empecé a entender el negocio del fútbol.  

Si me googleás, vas a encontrar historias de cuando casi me voy al Arsenal con 16 años. Quizás es una media verdad. No es nada contra el Arsenal, pero yo nunca quise irme a Inglaterra. Y por ese entonces, el negocio del fútbol trataba de imponerse, por encima de lo que pudieran decir incluso mis padres. Había gente que me decía: “¿Quién no querría irse al Arsenal? ¿Te querés quedar en Uruguay? ¡Estás loco!” 

Lo que en realidad querían decirme sin decirlo, era: “Podemos hacer un montón de plata si te vas”. 

Y ahí te das cuenta de que tu vida no es realmente tuya en el fútbol. Sobre todo cuando sos joven, te sentís más bien un rehén. Hasta tus padres se vuelven rehenes. El fútbol es un escape para tener una vida mejor, especialmente para nosotros en Sudamérica, y los buitres lo saben. Y te ponen presión de una manera “amable”.  

“¡Fede! Si te vas al Arsenal vas a tener una linda cama y una ducha que dure 30 o 40 minutos caliente. ¿A quién no le gustaría esa vida?” 

Me mandaron a Londres a una prueba de una semana, pero yo no estaba cómodo. Si sólo pensás en cosas materiales, entonces suena genial. Pero no somos robots. Y la realidad es que mi familia no podría venir a Londres conmigo. Iba a tener que vivir solo, sin hablar el idioma, con 16 años de edad. 

Por cada joven futbolista que tiene éxito yéndose al exterior, no ves a los 100 que fallan.  

Daniel Ochoa de Olza for The Players' Tribune

Así que fui lo suficientemente loco, o valiente, para decir que no. Dame duchas heladas siempre que pueda quedarme con mi familia. En mi cabeza, me hacía la idea de que después de eso, iba a quedarme en Uruguay para toda mi carrera.  

Y entonces recibí el llamado que cambió mi vida. Estaba en Paraguay, jugando el Sudamericano Sub 17 y venía rompiéndola. Teníamos que jugar un partido decisivo contra Argentina al día siguiente. Yo estaba en mi habitación, y mis padres se estaban quedando en otra habitación del mismo hotel. De repente me llama mi mamá y dice: “Vení para nuestra habitación ahora mismo. Acá hay gente que quiere hablar vos”.  

En realidad no teníamos permiso para salir de nuestras habitaciones, así que le dije: “Ahora no puedo, ma. No podemos salir”.  

Y corté.  

Volvió a llamarme. “Fede, vení ahora mismo. Esta gente es del Real Madrid”. 

Pensé que me estaba haciendo una broma. Pero corrí hasta la otra habitación, y ahí estaban: dos hombres que nunca había visto en mi vida. A ella se le caían las lágrimas. Pero ella siempre es de emocionarse, así que no sabía qué pensar. 

Le dije: “Ma, sin faltarte el respeto, sabés que no me gusta habl…”.  

Y ella dijo: “Fede, callate. Escuchalos. Vas a tener una gran noticia”.  

Me imaginé que quizás eran de Peñarol. Que en una de esas me iban a renovar el contrato, y el primer pensamiento en mi cerebrito de 16 años fue: “Uh, quizás me puedo comprar nuevos zapatos Nike para el partido contra Argentina. Quizás hasta pueda comprarme una Play”.

Norberto Duarte/AFP via Getty

Y ahí los tipos empezaron a hablar en español de España, en gallego, como decimos nosotros, y entonces pensé: “A la mierda… estos no son de aquí. ¿Esto es en serio?” 

Entonces me dijeron: “Somos del Real Madrid. Creemos que tú puedes convertirte en una estrella con nosotros. Queremos que tú y tus padres se muden a Madrid”. 

Miré a mi madre. Miré a mi representante con cara de “Nah, me están jodiendo”.  

Mi madre me miró como diciendo: “Callate, Fede. No te estamos jodiendo”.  

¿Hay 500.000 jugadores en el mundo y el Madrid me va a querer fichar a mí? 

Y corrí. Me fui corriendo del cuarto, gritando: “¿Dónde está papá? ¡¡¡Le tengo que contar a papá!!!” 

Bajé corriendo hasta el lobby. Mi padre estaba ahí parado hablando con otros padres, y yo le digo: “¡¡¡Pa!!! ¡¡¡Pa!!! ¡¡¡Están los del Madrid!!!”

Y él no entendía: “¿Qué? ¿Cómo que están? ¿Dónde?” 

Y yo: “¡Arriba, en tu habitación! ¡Me quieren fichar! ¡El Real Madrid me quiere comprar!” 

Me miró como si estuviera loco. Y ahí dijo: “¿En la habitación? ¿¡Y qué estás haciendo acá!? ¡¡¡Volvé ya mismo para allá, bolú!!!”

Jajajaja. Fiuuuu – Corrí como loco de nuevo a la habitación, y por suerte los del Madrid seguían ahí, así que no era un sueño”.   

Ese fue el primer día perfecto de mi vida. Porque vi lo emocionados que estaban mis padres. Mi madre se emociona por todo, pero mi papá es duro como una roca. Le cuesta mucho demostrar emociones, aunque ese día logré ver una pequeña grieta. Jajaja. Le vi la lucecita en los ojos.  

“Mi hijo juega para el Real Madrid”.

Juan Manuel Serrano Arce/Getty

No hay nada en el mundo que pueda ponerle precio a esa frase, ¿no?  

Estaba en la cima del mundo. Por unos meses. Después, la vida me recordó que había que ser humilde, como siempre lo hace. 



Te puedo contar el momento exacto cuando me di cuenta de lo boludo que era yo. 

A ver, hay que entender una cosa. En verdad imaginate por un segundo que sos yo.  

Tenés 17 años. Un par de años atrás, dormías en la cama sandwich en el piso. ¿¡Y ahora estás por firmar para el Real Madrid!? 

O sea, ¿cómo no vas a perder un poco el rumbo?  

Cuando llegué a Madrid, me sentía como si fuera Messi y Cristiano Ronaldo unidos. ¡Jajaja! ¡En serio!  

En mi defensa, a los 17 años no tenés idea de lo tonto que sos, especialmente cuando te dan un poco de dinero y te elogian un poco. Esa combinación es una droga muy dañina. 

Pero me sonó la alarma muy rápido, por suerte. En mi primer entrenamiento con el Real Madrid Castilla, entré al vestuario sintiéndome como si caminara en las nubes. Tenía mucha confianza. Vamo’ arriba. Ni siquiera me acuerdo nada del entrenamiento en sí. Está todo borroso. Pero lo que sí me acuerdo es que después, cuando todos se estaban cambiando, yo los miraba y trataba de asimilar todo… hasta que de repente me empecé a fijar en lo que estaban usando.  

Cinturones Gucci.

Zapatos Nike nuevos. Sin un rasguño.  

Billeteras Louis Vuitton. Riñoneras Louis Vuitton. 

Y acordate, que ni siquiera eran las leyendas, ¡eh! No estamos hablando de Benzema, Modrić ni Marcelo. ¡Estos eran los niños!

Y ahí me di cuenta, me cayó la ficha: “La puta madre, Fede, estás usando una remera de dos euros”. 

Para mí, Zara era cara. En Uruguay, si estás con ropa de Zara, no es cualquier cosa. Y ahí yo miraba para los costados y veía que usaban relojes que seguro costaban más que la casa de mis padres.

Entonces me hizo el click:: “Pa, boludo. ¡Vos acá no sos nadie!”

Daniel Ochoa de Olza for The Players' Tribune

Así que estoy ahí sentado, con la ropa sucia y no me quiero sacar ni los zapatos.

Todos empiezan a irse para las duchas y ahí yo veo calzoncillos Gucci. ¡Calzones Gucci, carajo! ¿Hasta eso inventaron? ¿Cuánto puede costar algo así?

Jajajajaja. Y yo lo único que pensaba era: “Espero que los míos de hoy no tengan agujeros. Le pido a Dios que mi mamá los haya controlado cuando los lavó”.  

Me quedé ahí sentado por 20 minutos haciéndome que miraba algo realmente importante en el teléfono. Lo único que quería era perder el tiempo. Empezaron a mirarme con cara de “¿Todo bien, hermano? ¿Te pasa algo?” 

Nunca me sentí tan chiquito.  

Esperé a que todos se ducharan y se fueran al estacionamiento, y finalmente me cambié cuando sólo quedábamos el utilero y yo.  

Esa noche, fui al H&M y dije: “Necesito 10 paquetes de los mejores calzoncillos”.  

¡Jajajajaja! Esa noche pensaba para mis adentros: “¿Quién te pensás que sos? Esto es Real Madrid. ¿Te creías que eras Cristiano? No sos ni mierda”.

Yo era un niño.

Y eso es lo gracioso del fútbol. Podés tener millones de seguidores, o millones de dólares, o millones de personas que te dicen que sos el mejor, y aun así, ser un niño estúpido.  

Hasta ese momento yo no había ganado nada, y nadie de los que estaban en ese vestuario había ganado nada. ¿Por qué estamos usando calzones Gucci? ¿Para qué necesitamos Louis Vuitton para llevar el cepillo de dientes? No estoy criticándolos, porque yo también era muy inocente. Sólo te estoy mostrando el mundo del fútbol, y cómo puede cambiarte. 

Por suerte, ahí también cuentan los valores que te inculcaron tus padres. Cuando me di cuenta de que no era nadie, empecé a valorar todo lo que me estaban dando. 

El colchón de plumas en el que dormía.  

El aire acondicionado. 

Los 50 canales en la tele. 

El utilero que traía los zapatos nuevos.

¡La puta madre! ¡Esto es el paraíso!

Me acuerdo yendo al estacionamiento con mi BMW X3, y me sentía como si estuviera manejando una Ferrari. Estacionaba como diciendo: “Muchachos, atención. ¡Que nadie me lo raye!” 

Y era el auto más barato de todos los que había ahí. 

Este fue el comienzo de un tiempo hermoso para mí, porque aunque todavía no lo había logrado en el Madrid, y todavía no era nadie, estaba en la buena senda para convertirme en un hombre. 

Pero lo que finalmente me hizo dar ese paso –en el fútbol y en la vida– fue Benicio. 



Para mí, el capítulo más importante de mi historia es haber sido padre por primera vez.

Porque incluso cuando tenía 19, 20 años, jugaba al fútbol, ganaba dinero, manejaba buenos autos, yo seguía siendo un niño. Recién cuando nació mi primer hijo, a los 21, mi vida realmente cambió.  

Ese fue mi segundo día perfecto.

Hasta ese día, yo me obsesionaba con mis actuaciones. Si jugaba mal, quizás no hablaba ni con mis padres por 24 horas. Me quedaba solo en mi habitación masticando mis errores. No sé si era saludable, pero cuando estás en el Madrid, la presión es la más intensa del mundo. Así que hay que vivirlo al cien por ciento.

Sólo cuando nació Benicio es que pude sentirme como un ser humano cada vez que volvía a casa después de un mal partido. Cuando ya empezó a caminar, venía corriendo a abrazarme en la puerta de entrada con su juguete de Toy Story. No le importa nada del partido. Ni siquiera sabe lo que es el fútbol. Sólo quiere “jugar Toy Story”. 

Para mí, ese amor me cambió como persona y como jugador. Mentalmente lo necesitaba, porque nadie en el mundo es más duro conmigo que yo mismo. Y por cierto, ¿mi mujer? ¡Ella está en otro nivel! Conoce mucho de fútbol, y es argentina, y ya se sabe cómo son. Jajajaja. Lo que sea que yo haga, nunca es suficiente.  

Chris Brunskill/Fantasista/Getty

¿Te acordás de cuando el Ajax nos eliminó de la Champions? Nos subimos al auto después del partido, yo estaba que volaba, y lo primero que ella me dice es: “¿De verdad, Fede? ¿Qué fue eso? ¿Así es como pensás jugar en el Real Madrid?”  

Le dije: “¿Y te creés que no lo sé?”  

Y ella siguió: “No arriesgaste nada. No le pegaste al arco, que es lo mejor que tenés. Tenés que pegarle.” 

Tuve que subirle la ruedita del volumen al máximo para no seguir escuchando sus críticas.  

La peor parte –y esto nunca se lo voy a decir, así que espero que no esté leyendo–, bueno, la peor parte es que tenía razón. Jajajaja. ¡Qué lo parió! 

Somos una auténtica familia futbolera: un uruguayo más una argentina, lo que nos lleva a un nivel de auténtica locura

Así que cuando nació mi hijo, fue un cambio fantástico.  

Es como le pasaba a mi mamá, ¿no? Cuando ves a tu hijo antes de irte para el entrenamiento, te sentís un guerrero. Como Hulk. Es distinto a cuando tenés 17 años y tu mundo gira alrededor de cinturones Gucci. Jugando para tu hijo, es como si tuvieras superpoderes.  

Creo que no es una sorpresa que mi mejor temporada fuera en 2021-2022 cuando Benicio tenía 2 años y ya se estaba transformando en una personita con una personalidad definida. Cuando ese año ganamos la Champions League, sentí que por fin había podido dejar mi marca en el Real Madrid. Unos meses más tarde nos enteramos de que estábamos esperando otro hijo, y nos sentimos tan pero tan felices.. Durante los primeros meses, todo iba perfecto.. Pero un día mi mujer fue a ver a su médico para hacerse unos estudios, y allí fue cuando el mundo se nos vino abajo. 

El doctor nos dijo que el embarazo estaba en un muy alto riesgo, y que había apenas una pequeña posibilidad de que mi hijo sobreviviera si el embarazo continuaba. Iba a tener que controlar la situación por el próximo mes, pero hasta entonces, nosotros no podíamos hacer nada más que esperar.  

Imaginate lo que es escuchar esas palabras…

“Tu bebé probablemente no lo logre”.

No puedo describir el dolor.  

Daniel Ochoa de Olza for The Players' Tribune

Mi esposa estaba sufriendo física y psicológicamente cada día. Y yo es como que me encerré, me apagué. Yo soy alguien que suele guardarse todo. Sé que no está bien, pero así es como soy.  No quiero que nadie me vea llorar, nunca. Ni siquiera mi familia. 

Mis padres venían a cenar y mi mamá me veía y decía: “Fede, mira que…” 

Pum. Solo con eso ya no podía más. Y me levantaba de la mesa y me iba a mi habitación a estar solo. Las 20 horas por día en las que no estaba en el fútbol, me aislaba. Sin teléfono. Sin iPad. Sólo silencio.  

Sentía que yo tenía que ser la roca, porque todos los demás estaban sufriendo. Y actuaba este rol, ¿no? El tipo duro que le decía a su mujer: “Todo va a salir como Dios quiera”.  

Pero cuando estaba solo, me ponía a llorar por horas. Me metía en el baño por 15 minutos, y en 10 me la pasaba llorando con la cabeza entre las manos. La mañana del partido, cuando en teoría tenía que estar concentrándome y tranquilo, estaba tirado en la cama, pensando en mi hijo, con la cabeza que me daba mil vueltas…

A veces no jugaba bien, lo sabía, y podía escuchar los pitidos de los hinchas. Después del partido tocaba responder las preguntas de la prensa, y no quería mostrar mis emociones o decirle a la gente lo que estaba pasando.

Era un puto infierno.  

Mi consejo para cualquiera que esté atravesando una situación similar es que no hay que ser un cabezadura como fui yo. No hay que sufrir en silencio.  

En abril, después de un partido contra el Villarreal, todo se fue a pique. Todo el mundo leyó los titulares. Todos saben los dos lados de “la historia”. No quiero volver a traer a la luz estas cosas horribles otra vez. Todo lo que quiero decir es…  

En una cancha de fútbol, podés decirme lo que quieras, y no me va a molestar. Soy uruguayo, por Dios. Pero hay ciertas líneas que no hay que cruzar. No como futbolista, sino como ser humano.

Hablá sobre mi familia, y esto ya no es más fútbol.  

Ese día se cruzó una línea.  

¿Debería haber reaccionado? Quizás no. Quizás tendría que haber vuelto a casa a compartir una hamburguesa con mi hijo, a comerme unos nuggets y a mirar dibujitos. Pero soy un ser humano, y a veces tenés que saber plantarte por vos mismo y por tu familia.

Me dolió ver que los medios me describieran como un tipo violento, se dijeron muchas mentiras que luego se probaron que no eran verdad. Pero honestamente puedo decir que no me arrepiento de nada, porque me hizo crecer todavía más como persona, e hizo que nuestra familia estuviera más unida que nunca.  

Gracias a Dios, después de ese día negro, las cosas empezaron a mejorar.  

Diego Souto/Quality Sport Images/Getty

Cuando mi esposa le dijo al mundo lo que estábamos viviendo, todo cambió para nosotros. Que mis compañeros y que los madridistas nos apoyaran como lo hicieron, es algo que nunca olvidaré. Tienen el respeto mío y de mi familia para siempre. Quizás erraba un pase, y ellos respondían cantando mi nombre. En el Bernabéu, donde las expectativas siempre son altísimas, esto ya es un pequeño milagro.  

Tener a 80.000 personas apoyándome de esa manera, en mi momento más bajo, se sentía como tener 80.000 abrazos.  

A todos ustedes… lo único que puedo decirles es gracias.  

Después de un mes y medio de un infierno absoluto, recibimos la mejor noticia de nuestras vidas. Las ecografías estaban mucho mejor, y por suerte parecía que el embarazo estaba en condiciones de continuar. Por supuesto, para llegar a término fue un periodo increíblemente tenso. Hasta que finalmente pudimos tener a nuestro hijo en los brazos, no queríamos ni respirar. Pero gracias a Dios, en junio, nuestro hijo Bautista llegó al mundo.

Saludable y feliz. 

Nuestro milagro.  

Un tercer día perfecto.

Sabés una cosa... No soy fácil conmigo mismo, en el fútbol y en la vida. Creo que hasta entonces nunca me había sentido satisfecho con nada. Nunca me había sentido como si realmente lo hubiera logrado, o hecho lo suficiente. 

Pero esa mañana en el hospital, cuando mi mujer tenía a Bautista en sus brazos, pensé: Miralos, Fede. Ahora sí.

Ganaste.

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