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¡Vamos México!

Jun 12 2018
Jun 12 2018

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M

i padre tiene una manera graciosa de felicitarme cuando logro algo grande: se hace como que nunca sucedió.

Recuerdo cuando me llamaron por primera vez a jugar con el Tri. Tenía 19 años. ¿Te imaginas mi orgullo de formar parte de la selección mayor? Estaba en el cielo. Por supuesto, tenía que decírselo a alguien. Así que le hablé a mi padre.

“Papá, voy a jugar con la selección”.

“Nah”, me dijo. “No inventes”.

Y esta es la cuestión: siempre ha sido así. ¡Siempre! ¡No cambia! Era la típica expresión de mi padre, ¿sabes? “Nah”. No sé si era su manera de motivarme, o si realmente no lo creía, o qué. Pero yo me preguntaba, ¿Cuál era su problema? ¿No es feliz? Por supuesto, muchas veces me ha dicho que está orgulloso de mí, pero su primera reacción siempre ha sido así.

“Nah. ¿Por qué te llamarían?”.

Para ser honesto, mirando atrás, puedo ver de dónde venía. O sea… algunas partes de mi trayectoria realmente han sido demasiado locas para ser verdad.

via Andrés Guardado

Mira, retrocedamos un poco: Tres años antes de jugar el Mundial con México, yo ni siquiera estaba jugando fútbol.

Había dejado mi equipo y estaba jugando tenis.

No, en serio. Déjame decirte cómo empezó. De niño, siempre estuve enamorado del fútbol. Donde crecí en Guadalajara, jugué con mis dos hermanos y nuestros amigos en una callecita. Acabábamos la escuela, comíamos y luego inventábamos todo tipo de juegos. Pero luego, cuando tenía siete u ocho años, mi familia se mudó, y fue entonces cuando mi mundo se expandió. Era una calle enorme, y encontramos un nuevo grupo de vecinos increíbles.

Todos éramos diferentes, con edades que iban de los 8 a los 18 años, pero aún así nos hicimos muy buenos amigos y nos cuidamos unos a otros. Y todos teníamos algo muy importante en común.

Nos encantaba jugar fútbol.

No teníamos porterías, así que las pintábamos en el pavimento. No es broma: el chavo que las pintó incluso agregó el logo de una marca a las porterías.

Como niños, por supuesto, lo discutimos.  

“¿Quién va a patrocinar esta portería?”

“Esta marca.”

“No, esta marca.”

Nos tomábamos ese tipo de cosas muy en serio. Para nosotros, esa calle era como el Estadio Azteca. 🙂

También comencé a jugar para uno de los equipos juveniles del Atlas. El club me seleccionó para una de sus escuelas de fútbol cuando tenía siete años —no tenían una categoría para mi edad, así que jugaba con niños mayores. Tuve suerte, porque el Atlas tiene una gran escuela, y enseñan a los niños buenos valores. Créeme, no es una coincidencia que tantos capitanes de México hayan venido de allí.

Sin embargo, todavía no tenía idea de que sería uno de ellos —ni siquiera de que me convertiría en futbolista.

Verás, cuando tenía 15 o 16 años, hubo un período en el que mi entrenador no me metió a jugar para nada. O sea, me quedé sentado. Fue horrible. Y mientras tanto, mis amigos estaban de fiesta y conociendo chavas. Y pensé: “O.K., estoy haciendo todos estos sacrificios… ¿pero para qué? ¿Para ni jugar?”.

No tenía sentido.

Así que renuncié.

Mi padre no estaba feliz. Me dijo que trabajara más duro y que demostrara que merecía jugar. Pero yo era un poco rebelde, así que le dije que no me importaba.

“Está bien,” dijo. “Puedes renunciar, pero sólo si practicas otro deporte. No te vas a quedar aquí sin hacer nada y pasándotela de fiesta”. No quería que cayera en esas cosas.

Me gustaba el tenis, así que empecé a jugar… y muy pronto me lo tomé muy en serio.

Pero tal vez así es como trabajan los dioses del futbol, ¿sabes?

via Andrés Guardado

Sólo unos meses después de que empezara a ponerme serio con el tenis, un entrenador del Atlas le dijo a mi padre que debía regresar al club. Mi antiguo entrenador, el que se había negado a dejarme jugar, se había ido, dijo, lo que significaba que tendría más oportunidades.

Asi que volví.

A partir de ahí, mi progreso en el Atlas fue extraño: Estaba avanzando… pero porque todos los demás jugadores eran mejores que yo. O sea, te explico. Lo que quiero decir con esto es que, de forma lenta pero segura, los mejores jugadores de nuestro club empezaron a ir a jugar en la sub-17. Y además, también había una regla de que todos los equipos en las tres divisiones principales tenían que meter a jugar al menos a dos jóvenes. Así que, no fue por nada especial que yo estaba haciendo en la cancha, sino más bien por estos dos tecnicismos, que el Atlas siguió promoviéndome. Pues yo a gusto, ¿verdad?

Y desde entonces, todo se volvió más raro.

Imagínate: Estoy en la banca durante un partido, cuando de repente, el extremo izquierdo de nuestro primer equipo se lesiona. Esa es mi posición. Así que empiezo a calentar, sólo por diversión.

“Voy a entrar”, les digo a mis compañeros. No era en serio, obviamente era broma.

Pero entonces el entrenador, Sergio Bueno, me ve. Y dice: “Está bien, Andrés. ¿Quieres jugar?”.

Yo digo: “Ehhh… bueno… ehhh… ¡sí!”.

“Bien, a ver entonces. Entra”.

Andy Mead/WireImage

Y………….. así es como empecé a entrenar con el primer equipo. La siguiente temporada apareció la famosa regla del 20/11, que obligó a los clubes a debutar a dos jugadores menores de 20 años. Eso prácticamente me dio mi debut.

Unos meses después, me llamaron para la selección nacional.

Bien loco, ¿no? O sea, ¡ni siquiera había jugado un solo partido juvenil para México! La gente decía: “Espérate, este chico no fue al Mundial Sub-17… ¿pero ahora está en la selección mayor?“.

Y luego vino el Mundial del 2006. Todavía no había jugado un juego oficial con México… y ahora estoy convocado al equipo final. De repente estaba en Alemania, en un campo de entrenamiento con jugadores que había visto en la televisión, como Claudio Suárez y Rafa Márquez.

Eran mis héroes, ¿me explico? Los admiraba tanto. Y ahora son mis compañeros de equipo, ¿cómo crees?

Y es aún más descabellado, porque muchos de ellos habían jugado con mi hermano mayor en el Atlas, por lo que en realidad habían sido sus amigos cuando yo era niño. Igual, yo había visto a Rafa Márquez venir a nuestra casa y esas cosas… y ahora estaba jugando para el Barcelona. Pero en Alemania, todavía no conocía a Rafa. Y yo era demasiado tímido para saludarlo. O sea, ¡se había convertido en el primer jugador mexicano en ganar la Champions! ¡Estaba jugando con Ronaldinho! Carajo, estamos hablando de uno de los mejores jugadores de la historia de México. Y yo era un chavito.

¿Qué le digo a un tipo así?

Decidí que era mejor evitarlo. Pero esa noche, teníamos que bajar nuestras maletas porque nos íbamos al día siguiente. Y justo cuando salí de mi habitación, me encuentro con alguien en el pasillo.

Chin… Es Rafa.

Intenté agachar la cabeza… pero, él es una figura tan imponente, ¿me entiendes? Entramos al elevador. La puerta se cerró.

“¿Qué onda?”, me dice. “¿Cómo estás? ¿Cómo está mi Atlas?”.

Y yo, “Bien”, le digo. “Bien, vamos bien.”

Y en eso se abre el elevador. Yo ya estaba tenso, así que me bajé.

“¡Ey, ey, ey!”, dice Rafa.

Me doy la vuelta. Me estaba viendo, muy serio.

“Agarra mi maleta”.

“¡Ah! Por supuesto. Por supuesto, Rafa”. Se hizo un silencio incómodo.

Ahí es cuando empezó a bromear. “¡Cómo crees!”, y se ríe. “No, no, no. Yo me la llevo”.

Tengo que confesar algo: después de todos estos años, Rafa todavía me intimida. Claro, soy el capitán de la selección y eso, pero él sigue siendo el jefe.

Somos buenos amigos ahora. Pero tengo que confesar algo: después de todos estos años, Rafa todavía me intimida. Claro, soy el capitán de la selección y eso, pero él sigue siendo el jefe.

Así que, volviendo al Mundial de Alemania, no tenía esperanzas de jugar. O sea… ¿me explico? Estaba allí para aprender. Prácticamente iba como fan. De ninguna manera voy a jugar.

Eso es lo que pensaba, pues.

Pero no contaba con que tenía un entrenador que estaba loco.

Ricardo La Volpe no me había dicho nada. Ni una pista en el entrenamiento. Ni una palabra. Nada. No había jugado en ninguno de los partidos de la fase de grupos. Pero entonces, justo antes de nuestro partido de octavos de final contra Argentina, lo escuchamos mientras nombraba a la alineación. Bueno, yo apenas lo estaba escuchando, la verdad básicamente estaba recargado, mirando al aire, dejando que mi mente se desviara.

Daniel Garcia/AFP/Getty Images

Y luego, de repente, lo escucho.

Guardado.

Me enderecé. ¿Perdón, qué? Tal vez hubo un malentendido. ¿Qué fue eso?

Quería preguntarle al de al lado si realmente había dicho mi nombre, no lo creía. Pero… lo había dicho. Estaba realmente en la alineación. En el autobús del equipo, llamé a mi papá. Hombre, casi estaba susurrando.

“Papá, papá, papá… Voy a jugar“.

“No, basta. ¡No hay forma de que juegues!”.

Clásico. Mi padre y mi hermano habían ido al Mundial, ¡pero se habían ido justo después de la etapa de grupos! Tan seguros estaban que no iba a jugar.

“No vas a jugar”, me dijo. “Si no jugaste en el grupo, no vas a jugar”.

“Papá, te lo juro…”

Para ser honesto, incluso cuando ya estábamos en la cancha, me costó trabajo creerlo completamente. Recuerdo el calentamiento, y del otro lado ví a Juan Román Riquelme… Javier Saviola… Hernán Crespo. En la banca, Lionel Messi. Mientras tocaban los himnos nacionales, miré hacia las gradas. ¿Quién está cantando? Diego Maradona.

¿Es broma?

De adolescente, es difícil saber cómo manejar esto. Como, ¿qué está pasando aquí? ¿Dónde estoy? ¿En qué me metí? Sentí que me habían teletransportado a un videojuego. O como si estuviera viviendo en mi propio sueño.

¿Pero sabes? Es chistoso: pensar que no iba a jugar, en realidad me ayudó a jugar mejor. Porque no tuve tiempo para ponerme nervioso. Y aunque perdimos, jugamos bien, y lo disfruté muchísimo. ¡O sea, era el Mundial!

No nos fue tan bien en el Mundial del 2010. Sudáfrica fue genial, pero sólo fui titular en dos partidos y me sacaron temprano en ambos. Pensé que ese sería mi  Mundial, ¿sabes? Que ahora, con cuatro años más a mis espaldas, iba a ser importante. Pero, incluso cuando jugaba bien… nuestro entrenador, Javier Aguirre, me sacó sin explicación. Fue muy duro para mí, e incluso empecé a preguntarme si tenía algo personal en mi contra. Me dejó con mal sabor de boca.

Peor aún, para el próximo Mundial en Brasil, en 2014, estuve a punto de perder todo. Nuestra clasificación fue desastrosa y no me convocaron para los juegos finales. Afortunadamente, logré estar en el equipo, y aunque perdimos contra Holanda en octavos de final, jugamos un gran torneo.

Gianfranco Tripodo/The Players' Tribune

¿Y ahora? Bueno, ahora estoy aprovechando todas esas experiencias de esos tres primeros Mundiales, las buenas y las malas, en el papel que tengo hoy: el de capitán de México.

Hombre. Tengo que decirte que estamos muy emocionados. Nuestro programa está en su pico. Ya no sólo tenemos tres jugadores en Europa, sino 13 ó 14. Y en realidad creo que deberíamos tener 50 ó 60, basados sólo en el talento. Tenemos un gran grupo de jugadores que están en la cima de sus carreras y que se conocen bien, pero también tenemos a todos estos jóvenes que todavía están arañando la superficie de su capacidad. Es esta mezcla especial de continuidad y potencial. No creo que hayamos tenido nunca un equipo como este.

Ahora, sólo tenemos que jugar bien como equipo. Fácil. No, estoy bromeando —por supuesto que esa es siempre la parte más difícil.

Muchos de nosotros, los jugadores mayores, sabemos que este Mundial puede ser el último. Nos decimos unos a otros, “Es ahora o nunca”. Espero que podamos cumplir, porque significaría mucho para México. Ya me imagino a todo el país celebrando.

Bueno, quizás excepto un hombre.

“¡Papá, gané el Mundial!”, le diría.

“No”, me diría. “¿Cómo que ganaste el Mundial?”

“¡Papá, mira las noticias!”.

“Nah”.

Clásico.

Sin embargo, incluso si no cumplimos este verano, estaré orgulloso de mi carrera.

Siempre recuerdo un pequeño consejo que me dio mi padre:. “Hijo, cuanto más grande seas en el fútbol, más humilde deberás ser en la vida”. Eso puede ser difícil, o sea, con todo lo que rodea a un futbolista, especialmente cuando eres joven. Pero he madurado mucho. He aprendido a poner a mi familia primero, y a no preocuparme por la prensa y cosas así. He aprendido a jugar con la emoción de un niño… pero mantener el liderazgo de un capitán. He aprendido a saber lo que quiero y lo que soy y, sobre todo, lo que realmente importa.  

En general, creo que he hecho un buen trabajo al seguir el consejo de mi padre. Y si le preguntas, estoy seguro de que estará orgulloso de la persona que soy hoy.

Puede que no siempre lo diga al principio. Pero en el fondo, sé que lo está.